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VOICES THAT CARE

Apapachar la familia

APAPACHAR A LA FAMILIA

¡Feliz año! Te digo palabras de un piloto de Aeroméxico en el avión que me subí el sábado pasado. Tuve la suerte de ir a bautizar a mi sobrino Nicolás a Oaxaca, entonces me fui en avión. Fue una experiencia increíble que te contaré.

De momento, te quiero transmitir el mensaje que nos dio el piloto antes de despegar. Te puedes imaginar la escena…: La gente abrochándose los cinturones, después de haber acomodado sus maletas y de pronto la clásica bocina de avión y la voz del piloto…

Dijo algo que anoté casi literal, porque la hago mía. Para que a ti que nos escuchas, en este año que comienza, creo que nos queda el saco, nos dijo: “-Señores pasajeros, gracias por volar con nosotros. Estamos empezando un nuevo año, vamos a darle con todo. Hay que apapachar a la familia. Esperamos que el vuelo sea de su agrado. Dios los bendiga.”

Una maravilla de mensaje, que a mí me sirve para empezar el año con este propósito. Yo me quedo con esta frase: “-Hay que apapachar a la familia…” Hay que cuidar a la familia. Porque es exactamente lo que hace Mateo hoy con Jesús en el Evangelio de la llamada.

Una vez más, el Evangelio de la misa de hoy nos presenta, cuando Jesús va a llamar a Mateo y lo llama a formar parte de su familia. ¿Y qué fue lo que hicieron? ¿Se fueron a se fueron a la Sinagoga a rezar? Pues, no. Se fueron a su casa a comer. Mateo lo invitó a su casa y Jesús acepta esa llamada, esa invitación.

“¡Qué maravilla verte, Jesús, tan humano, correspondiendo a las muestras de cariño de un amigo que te quiere apapachar! No solamente para llevarte a rezar; insisto, en aquella época que estaba en las sinagogas; sino también para ir a comer a su casa.

LA LLAMADA DE MATEO

Vamos a echar a volar la imaginación… Me imagino, también, que la manera que tuvo Jesús de llamar a Mateo habría sido de una delicadeza enorme, de incluir a todos; también a ese recaudador de impuestos, que era Mateo, que no era muy querido por algunos.

Y como Tú, Jesús, vas más allá del qué dirán y te acercas a Mateo sin prejuicios. Y yo, Señor, por el contrario, cuántas veces me dejo llevar por las apariencias y hago a un lado a la gente por su modo de vestir o de hablar, porque no es el popular de la clase o del trabajo, o del grupo de amigos.

“Que tú hayas elegido a Mateo, Jesús, no es casualidad. Si no, una muestra más de que Tú tienes una gran apertura de corazón, de que te importan todos sin importar las apariencias, sin juzgar, sin etiquetar. Te preocupas por todos, especialmente por los que te rodean, sin hacer acepción de personas.”

Jesús apapacha a todos, también a mí y a ti, nos hace sentir bien queridos. A pesar de nuestros defectos o incluso pecados, que no es una excusa para que el Señor se fije en ti y en mí, siempre que los que reconozcamos.

Jesús quiere contar contigo y conmigo, como contó con Mateo, porque Jesús cree en ti y cree en mí, más que nosotros mismos. Jesús es Dios que nos ama desde toda la eternidad y Él nos ofrece a todos el don de su cariño, de su amistad; tan sólo nos pide una cosa: confiar en Él.

Después de responder a la llamada del Señor, Mateo dio un banquete, al que asistieron Jesús, sus discípulos y otras gentes. Entre estas otras gentes había muchos publicanos y pecadores -dice el Evangelio- todos amigos de Mateo.  los fariseos se sorprenden al ver a Jesús sentarse a comer con esta clase de personas y por eso dicen a sus discípulos:

“— ¿Por qué come con publicanos y pecadores?”

(Mc 2, 13-17)

CONVIVIR CON TODAS LAS PERSONAS QUE NOS RODEAN

Una frase tan ridícula como aquella otra de doña Florinda, la tía de la Popis, la del programa del Chavo del 8. Como muchos de ustedes recordarán cuando se juntaba Popis con los de la vecindad, su tía, doña Florinda, se enojaba, salía y le decía a su hija: – Vámonos, tesoro. No te juntes con esta chusma.

Pero para Jesús no existe la chusma. Jesús se encuentra muy bien entre personas tan diferentes. Jesús se siente bien con todo el mundo, porque ha venido a salvar a todos.

“No tienen necesidad de médico los sanos, sino los enfermos.”

(Mc 2, 17).

Y como todos somos un poco enfermos por pecadores, Jesús no se separa de nosotros. Lo vemos en el Evangelio, no sólo de hoy, sino en todo el Evangelio, como Jesús se entiende bien con todo tipo de personas: con un ladrón convicto, con los niños llenos de inocencia, con hombres cultos como Nicodemo y José de Arimatea, con mendigos, con leprosos, con familias…

Jesús es un ejemplo vivo para nosotros que queremos aprender a convivir con todas las personas que nos rodean, por encima de sus defectos, de sus ideas y de sus modos de ser.

“Jesús quiero aprender de Ti a ser una persona abierta, con capacidad de amistad, dispuesto siempre a comprender y disculpar.”

VIRTUD DE LA AFABILIDAD

Fíjate cómo una buena parte de nuestra vida se compone de pequeños encuentros con personas que vemos: en la tiendita, en el colegio, en la farmacia, en la gasolinera…

Y aunque son momentos esporádicos -incluso fugaces- son muchos en un día, incontables a lo largo de una vida; y para un cristiano son importantes porque son ocasión que Dios nos da para rezar por ellos, mostrarles nuestro aprecio, como corresponde a hijos de un mismo Padre.

Y lo hacemos normalmente a través de esas muestras de educación y de cortesía que se convierten fácilmente en vehículos de la virtud sobrenatural de la caridad. Por ejemplo: hacerle caso al del semáforo, al que te quiere limpiar el vidrio, aunque no quieras que te lo limpie, no te cuesta nada sonreírle, mirarlo a los ojos, darle las gracias y todavía mejor si tienes guardados en la cajuelita, unos dulces y le regalas uno. Esa es la caridad cristiana.

Tantas personas con las que te topas cada día, todas muy distintas, pero todas esperan algo de ti. Lo que Jesús hubiera hecho en tu lugar. Es la virtud de la afabilidad, que nos lleva a hacer la vida más grata a quien nos rodea. Una virtud que, quizá, no cause gran admiración y sin embargo, cuando falta se echa mucho de menos. Porque se vuelven tensas las relaciones entre los hombres, se falta a la caridad.

La afabilidad y otras virtudes con las que se relaciona hacen amable la vida cotidiana, la vida en familia, en el trabajo, en el tráfico, con los vecinos. Y si esto lo podemos hacer con personas que se supone que no esperan mucho de nosotros, con cuanta más razón seremos amables con los nuestros.

CANCIÓN VOICES THAT CARE

En el año 1991, recordarás, fue la Guerra del Golfo Pérsico y más allá de los motivos de la guerra, los artistas, los cantantes norteamericanos le compusieron a sus soldados una canción, que se llamaba Voices that care. Al final de la meditación te la voy a poner. Te quedas con ella, cantan muchísimas personas, que todavía algunas siguen por ahí en el mundo artista.

La idea de cantarles era que supieran que los estaban esperando sanos y salvos en casa. Así como esta canción, voices that care, voces de personas que se interesan por ti, que se refería a estos soldados de la guerra en Irak… Pues, tú también puedes pensar en tus hijos que salen todos los días a la guerra del colegio.

Y tú los esperas en casa con una rica comida; o en tu esposo o tu esposa que se va a la guerra del trabajo; o a quién le toca quedarse en la casa a la guerra de cuidar a ese niño que está recién nacido y hay que atenderlo, de manera especial dedicándole todo tu tiempo.

Es, como decía San Josemaría, todas estas son una hermosísima guerra de amor y de paz. Y todos necesitamos esas voices that care, saber que alguien nos está esperando, que está al pendiente de nosotros: un vecino, un compañero de clase, un colega del trabajo…

Tenemos que terminar pidiéndole a la Virgen. ¡Madre mía, termino pidiéndote que pueda yo llamar amigos a todas las personas, que me interesan todas! Que esa sea señal de que soy verdadero amigo de Jesucristo, me pueda llamar cristiano.

Ese desinterés, esa comprensión, ese espíritu de colaboración, ese optimismo, esa lealtad, esa amistad; especialmente honda dentro de mi familia, entre mis hermanos, con mis hijos, con mis papás. Bien. Terminamos con la oración habitual y al final te dejo la canción que te prometí.

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