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CON CRISTO HAY UN FINAL FELIZ

Cuenta el libro de Tobías, en la parte que hoy se lee en la Misa, que

“Ana estaba sentada con la mirada puesta en el camino por donde debía volver su hijo.” (Tb 11, 5).

Es fácil imaginar lo que pasaba por el corazón de esta madre, cuyo único hijo había emprendido un viaje -que no estaba exento de peligros- y tardaba en volver. Sentiría angustia y preocupación porque no tenía noticias, y le vendrían a la cabeza todas las cosas malas que le podían suceder a Tobías. Junto con eso, la esperanza de que lo vería algún día regresar sano y salvo por el mismo camino por el que se había alejado hacía ya muchos días.
Y esa esperanza se cumplió cuando de lejos lo divisó caminando junto con quien lo había acompañado en su viaje.

“Ana acudió corriendo y se abrazó al cuello de su hijo mientras decía: ¡Ya te he visto hijo, ya puedo morir! Y rompió a llorar.” (Tb 11, 9).

Ya puedo morir porque veo que estás sano y salvo. A Ana le importa más la vida de su hijo que la suya propia. Por eso hubiera dado cualquier cosa por saber algo de él en su ausencia, o porque estuviera bien.
La verdad que, leyendo la historia de Tobías y su padre, a uno también le vienen ganas de que le vaya todo bien, porque su padre es un hombre bueno que sufre maltrato y desgracias. También porque la historia del viaje de Tobías es una aventura que nos gustaría que tenga un final feliz. Y en realidad eso nos pasa con cualquier persona que queremos, que conocemos un poco su historia y desearíamos que le vaya bien.

DIOS TIENE ESPERANZA EN TODOS SUS HIJOS

Hay un libro que expresa todo esto de manera metafórica en la introducción. Se llama Un árbol que crece en Brooklyn y comienza así: “Hay un árbol que crece en Brooklyn. Algunas personas lo llaman el árbol del cielo. No importa dónde caiga su semilla, hace un árbol que lucha por alcanzar el cielo. Crece en lotes tapeados y en montones de basura descuidados. Crece en las rejillas del sótano. Es el único árbol que crece en cemento. Crece exuberantemente… sobrevive sin sol, agua y aparentemente tierra. Se consideraría hermoso, excepto que hay demasiados”.

Después, cuenta la historia de Francie, una chica, hija de inmigrantes, en ese barrio de Nueva York. Es fácil enternecerse con su historia, querer que le vaya bien. Su vida se consideraría hermosa. Solo que hay tantos, como esos árboles que crecen en Brooklyn.
Cada vida es importante, querible, solo que no podemos conocer todas las historias, las dificultades y aspiraciones de cada persona
¿Qué pasaría si consideráramos a cada quien como a alguien importante?  Y ¡eso es lo que Dios espera de nosotros!, ¡porque eso es lo que hace Él! Nos mira y nos quiere a cada uno con todo lo que somos y queremos ser, como únicos, con nuestros defectos y talentos, con nuestros pasados, nuestros proyectos.
Ese sería ya un motivo suficiente para que nosotros también nos detengamos con una cierta reverencia ante los demás, porque cada uno para Dios es importante.
Recuerdo de cuando era chico a un vecino que cuidaba mucho su auto -lo lavaba cada semana, casi con devoción, y siempre lo tenía reluciente. Por eso, si nos llevaba a algún lado con su hijo, teníamos cuidado de no manchar o romper nada del auto. Otra cosa era cuando me subía a nuestro auto: ahí no tenía problema en pisar los asientos, o pasarme atrás, o que nos amontonáramos diez chicos como podíamos… Claro, uno se daba cuenta que no podía hacer eso con el auto del vecino porque le iba a dar un paro cardíaco o al menos un buen disgusto.

VER A CRISTO EN EL OTRO

¿Y si cuidáramos de los demás por el amor que Dios nos tiene? ¿Por el amor que Dios le tiene a cada uno?… Tenemos -además de ese amor que el Padre les tiene- otro motivo para valorar al prójimo y tratarlo lo mejor posible. Y es que el Hijo, Jesús, es amado en él.

“Cuando lo hiciste con el más pequeño, conmigo lo hiciste” dice el Señor (Mt 25, 40).

Y queremos -tenemos al alcance de la mano- esa posibilidad de amar a Jesús en el otro. La tenemos ahí: en cada persona que nos rodea.
El prelado del Opus Dei muchas veces afirma que ese ha de ser un motivo por el que tenemos que querer a los demás, al margen de tantas otras circunstancias. En su carta sobre la fraternidad, nos decía: “Os animo a pedir a Dios, con sencillez y audacia, que os agrande el corazón, que os ayude a verle a Él en los demás, de manera que eso os llene de alegría, como los discípulos al ver al Señor resucitado:

“Al ver al Señor, los discípulos se alegraron” (Jn 20, 20)”. (Carta del Prelado, 16 febrero 2023).

Claro que nos alegraría mucho ver a los demás, si en ellos encontramos a alguien a quien queremos. Por eso uno se entusiasma con las historias, porque tiene cariño a los personajes que están en ellas.

En el evangelio de la misa de hoy, Jesús pregunta cómo el Mesías puede ser hijo de David, si el mismo David lo llama “mi Señor”. De manera análoga a como David puede llamar mi Señor a un descendiente suyo, nosotros podemos llamar “mi Señor” a Cristo presente en los demás. O, como Ana con Tobías, podemos buscar lo mejor para ellos porque los queremos tanto.
Para eso, Jesús, nos tenés que ayudar mucho. Porque, aunque tenemos tu ejemplo, cuesta mucho amar así como Vos amás. No podríamos hacerlo sin tu ayuda, sin que nos envíes tu Espíritu, que viene en nuestro auxilio para que te podamos querer mucho a Vos, Señor, y quererte también en los demás cuando te descubrimos en ellos. Es realmente un don, un don que te pedimos con sencillez, como dice don Fernando: verte en los demás, alegrarnos de que estén ahí, porque ahí estás Vos.
Vamos a pedirle a nuestra Madre, Madre nuestra, Madre de todos, que ves que tus hijos estamos llamados a ser otros cristos; ayúdanos a comportarnos como tales con quienes nos rodean, valorando a cada uno, no porque sea mejor o peor, o me caiga bien o mal, sino porque ahí encontremos a tu Hijo Jesús, a quien queremos agradar, a quien queremos tratar bien.

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