Icono del sitio Hablar con Jesús

VALES INFINITO

valor infinito

Hoy Jesús quiero hablar contigo sobre el santo que celebramos el día de hoy, un santo muy antiguo y muy actual al mismo tiempo: san Ireneo de Lyon.

Antiguo porque san Ireneo es del siglo II de nuestra era cristiana.  Nació entre los años 135 y 140 en Esmirna, hoy Izmir en Turquía, donde en su juventud fue alumno del obispo san Policarpo, quien a su vez fue discípulo del apóstol san Juan.
Así es que podemos decir, que es un santo de la tercera generación de la Iglesia, un santo muy antiguo. Pero también es nuevo por muchos motivos.

El primero de estos motivos, es porque en enero de este año 2022, el Papa Francisco lo nombró: “Padre de la Iglesia”. Es decir, lo inscribió en el catálogo de los santos que mejor han contribuido a defender a la Iglesia. Y así, san Ireneo se añade a los 36 hombres y mujeres que tienen este título, por su contribución al desarrollo de la doctrina cristiana.

El Papa lo nombró “Doctor Unitatis”, porque vino de oriente y ejerció su ministerio episcopal en occidente. De manera que san Ireneo puede ayudarnos en este proceso arduo de unidad de la Iglesia Católica con los ortodoxos.

Dijo el Papa en aquella ocasión:

«Él fue un puente espiritual y teológico entre los cristianos de Oriente y Occidente. Su nombre, Ireneo, expresa esa paz que viene del Señor y que reconcilia, reintegrando la unidad».

Ireneo significa paz, así que hoy tenemos un enorme motivo para pedir por la paz y por la unidad a este santo. Unidad en la Iglesia, unidad entre los pueblos, entre las familias.

LUCHAR POR LA PAZ Y LA UNIDAD

Otro motivo porque san Ireneo es un santo muy actual, es porque una de sus principales contribuciones a la religión cristiana, fue remarcar: “Que es una religión de la carne”. A ver, me explico un poco: San Ireneo luchó contra la herejía del gnosticismo. Una herejía es una mentira, una falsa doctrina, que lleva al engaño.

Pues, estos herejes del siglo II llamados gnósticos, -que significa: “iluminados”-, afirmaban que la fe no era para la gente sencilla, no era para la gente de a pie, porque la gente común y corriente no podía comprender las cosas difíciles, -según ellos-. De manera que la religión cristiana, estaba como reservada únicamente para la élite que fuera capaz de comprender las cosas de difícil acceso a la razón.

Así que, de no ser por san Ireneo que supo distinguir bien, las ideas inventadas de la doctrina gnóstica, de la doctrina de Jesucristo transmitida por los apóstoles, la Iglesia hubiera quedado reducida a un grupito de falsos intelectuales, que se hubieran adueñado de la doctrina de Jesucristo.

Nosotros en cambio, sabemos que el mensaje del Evangelio es precisamente el de Jesús, que nos dice en san Mateo:

««Yo te alabo, Padre, Señor del cielo y de la tierra, porque habiendo ocultado estas cosas a los sabios y a los prudentes, las has revelado a los pequeños»»

(Mt 11, 25).

SAN IRENEO DEFENSOR DE LA DOCTINA

Estos falsos predicadores, los gnósticos, negaban la fe en el único Dios, Padre de todos, Creador y Salvador del hombre y del mundo. Y para explicar el mal en el mundo, afirmaban que, junto al Dios bueno, existía una especie de Dios malo, que habría sido el creador de las cosas materiales, de la materia. Es un hondo pesimismo, que dice que este mundo material es malo, que este mundo material no tiene futuro.

San Ireneo los desenmascaró, porque el peligro de estos herejes es que vivían dentro de las comunidades cristianas, con los mismos libros del Nuevo Testamento, pero tergiversando su sentido.

San Ireneo, con una inteligencia prodigiosa, lo supo descubrir y desenmascarar, -como dice el dicho: “te conozco bacalao, aunque vengas disfrazao”.

Cimentándose firmemente en la doctrina bíblica de la creación, de la providencia amorosa de Dios, san Ireneo refuta el “dualismo gnóstico”, que devalúa las realidades corporales. Y reivindica con decisión, la santidad originaria de la materia, del cuerpo, de la carne, igual que la del espíritu.

Esta falsa doctrina terminaba por negar la encarnación del verbo. Esto que rezamos todos los días en el Ángelus:

“Y el Verbo de Dios se hizo carne y habitó entre nosotros.” 

Que el Señor ha venido a vivir y habitar entre nosotros, en medio de nosotros.

¿Dónde está Dios? ¡Se hizo carne! Está en las manos, en los brazos de la Santísima Virgen, hecho un Niño.
Y también sabemos -lo acabamos de celebrar hace un par de semanas- en la fiesta del Corpus Christi, que el Señor también se quedó en las especies sacramentales del pan y del vino. ¡Ahí está Dios!, presente en cualquier Sagrario.

Pero es que, con la Encarnación, el mundo se convierte en un Sagrario y el mundo es nuestro lugar de encuentro con el Señor, donde nos encontramos con Dios.

No tenemos que ir a la Iglesia, ni meternos a la sacristía para encontrarnos con el Señor. Sí, es verdad que lo encuentro en el Sagrario y aprovecho momentos concretos de mi día para venir a saludarlo, para hacer mi oración frente a Jesús Sacramentado.

AMAR AL MUNDO SIN SER MUNDANOS

Pero sin olvidar que los cristianos amamos este mundo, cada esquina de este mundo, porque es nuestro lugar de encuentro con Dios, es donde Dios me da una cita para encontrarme con Él. Pero, sin caer tampoco en la mundanidad, es decir: “del mundo, sin ser mundanos”.

Porque, qué fácil es caer en la mundanidad. El pensar: -en como el mundo es bueno, entonces todo lo que hay en el mundo es bueno; como hay que amar al mundo apasionadamente, entonces… Acuérdate que amar al mundo apasionadamente no quiere decir “ser mundano”, no quiere decir: amoldarse a un mundo sin Dios, ¡sino todo lo contrario!

Amar al mundo como obra de Dios, amar al mundo en el que existe Dios y por eso las cosas que encuentro en el mundo, que no son compatibles con Dios, no me interesan.

Y viviendo en el mundo -en el que vivimos- con tantas comodidades, con tantas facilidades, con tantas cosas agradables, es muy bueno que nos planteemos cada cierto tiempo, -especialmente ahora que hemos comenzado una época un poco más tranquila con el verano- Señor, ¿cómo voy de mundanidad?

Jesús, ¿qué me mueve últimamente? ¿Qué me tiene ilusionado? ¿No habré puesto mi corazón en las comodidades, los placeres? Que no son malos, pero, ¿he puesto mi corazón en eso? O, ¿he vivido todas estas cosas contigo Señor? O ¿podría haberlas vivido sin Ti? Y nos puede ayudar invitar al Señor, a vivir todos nuestros afectos con Él.

Porque la mentira del mundo, que te dice que vales por lo que tienes, que vales por lo que sabes, que vales por lo que logras, por cuantos te quieren y te conocen… Es un veneno mortal, nos hemos olvidado de que valemos porque somos hijos de Dios ¡y ya! Y punto.

LA HUMILDAD ESTA EN LA VERDAD

No se puede valer más o menos en esta vida. Nuestros pecados no nos definen, de igual forma, no somos nuestros éxitos ni nuestros logros, ni nuestra popularidad, ¡pero el mundo dice lo contrario! Y jóvenes y no tan jóvenes, le creemos.

La humildad está en la verdad, de que somos infinitamente amados por Dios sin merecerlo.  Dios nos ama con locura y no tenemos que hacer nada para merecerlo y no podemos hacer nada para destruirlo.
Dios nos ama con pecado o sin pecado, con dones o sin dones, con likes o sin likes.

Vamos a terminar agradeciendo al santo de hoy, san Ireneo, habernos defendido de esa herejía que condenaba todo lo material, todo lo corporal, que, junto con el agradecimiento de poder amar al mundo apasionadamente, surge el propósito de liberarlo del pecado, con la gracia de Dios.

Porque estamos hablando de algo que supera con mucho nuestras fuerzas físicas, pero nos basta la gracia, la gracia de Dios que la encontramos en los sacramentos.

Jesús nos lo dice:

“Ustedes son la sal de la tierra. Pero si la sal se vuelve insípida ¿con que se le devolverá el sabor?”

(Mt 5,13)

Estamos llamados por el Señor, para darle sabor a la tierra, para preservarla de la corrupción, para no confrontar materia, espíritu – cielo y tierra; sino integrarlos en nuestros corazones.

Madre nuestra que, así como tú viviste con Jesús la vida familiar en este mundo nuestro, así también, nosotros no nos olvidemos nunca, esto que también predicó un santo moderno como san Josemaría.

Que allí dónde están nuestros hermanos los hombres, allí donde están nuestras aspiraciones, nuestro trabajo, nuestros amores, allí está el sitio de nuestro encuentro cotidiano con Cristo.

Y hacer realidad en nosotros, como lo es en ti María que, aunque parece que es allá en el horizonte, donde el cielo se junta con la tierra, no olvidemos que, donde de veras, la tierra se junta con el cielo, es en nuestros corazones de hijos de Dios.

Salir de la versión móvil