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UNA CASA PARA JESÚS

Una Casa para Jesús

Nos dice san Agustín en un célebre pasaje de su libro sobre “La ciudad de Dios”, que:

“Dos amores fundaron dos ciudades a saber el amor propio hasta el desprecio de Dios la terrena y el amor de Dios hasta el desprecio de sí mismo la celestial”

(san Agustín, La Ciudad de Dios, libro XIV, cap 28).

La primera se gloría en sí misma y la segunda en Dios. Este pasaje, pienso que nos viene bien para considerar las imágenes que nos pone la Liturgia del día de hoy.

La Primera Lectura nos habla de dos ciudades también; una ciudad construida por la soberbia humana, elevada en las cumbres de los montes y la otra ciudad es la Nueva Jerusalén, construida por Dios para los hombres, como un don.

¿QUÉ CIUDAD ESTAMOS CONSTRUYENDO?

Podemos ahora que estamos en preparación de la Navidad, en este tiempo de Adviento pensar precisamente qué ciudad estamos construyendo nosotros: la ciudad buena, santa, la ciudad de Dios, la ciudad fundada en el amor a Dios y a las demás criaturas.

O quizá en cambio, la ciudad propia, egoísta, esa ciudad que se funda en el amor a uno mismo, que llega al desprecio de Dios, quizá no de un modo explícito pero sí implícito, porque el dios de nuestra alma podemos ser nosotros mismos.

Podemos considerar el Evangelio de la misa de hoy que nos habla no de dos ciudades, sino de dos casas y nos puede venir bien para precisamente pensar en la perspectiva de este Adviento,

 ¿Cómo vamos a preparar la Navidad?

¿Qué casa le vamos a construir al Señor en nosotros mismos, en nuestro corazón?.

 Dice el Evangelio:

«Jesús dijo a sus discípulos: No son los que me dicen Señor, Señor los que entrarán en el reino de los Cielos, sino los que cumplen la voluntad de mi Padre que está en el Cielo.

Así todo el que escucha las palabras que acabo de decir y las pone en práctica, puede compararse a un hombre sensato que edificó su casa sobre el roca.

Cayeron las lluvias, se precipitaron los torrentes, soplaron los vientos y sacudieron la casa; pero ésta no se derrumbó porque estaba construida sobre la roca. 

Al contrario, el que escucha mis palabras y no las practica, puede compararse a un hombre insensato, que edificó su casa sobre la arena.

Cayeron las lluvias, se precipitaron los torrentes, soplaron los vientos y sacudieron la casa: está se derrumbó y su ruina fue grande»

(Mt 7, 21, 24-27).

Ahí están las dos casas y Jesús nos da la clave, si queremos vivir bien este Adviento, si queremos preparar el nacimiento de Jesús en nuestro corazón, hemos de construir esa casa haciendo la voluntad de Dios.

Pone el Señor como primer ejemplo gráfico, esas personas que lo conocen y le dicen: “Señor, Señor”.

Y Jesús dice no me interesa que me conozcan, a Mí lo que me interesa es que obren, que tengan buenas obras, que construyan  sobre el fundamento que es la palabra de Dios, que es la enseñanza de Jesucristo.

CONSTRUIR SOBRE LA ROCA DEL AMOR DE DIOS

Eso es lo que podemos ir pensando ya de cara a la Navidad. ¿Qué estoy construyendo yo?

Estoy construyendo sobre roca, la roca del amor de Dios, la roca del servicio, la roca de las buenas obras, o estoy construyendo en cambio, sobre la arena de mi propio placer, de mi comodidad, de mis caprichos, ¿Qué casa le estoy preparando a Jesús?.

Veamos en el ejemplo más concreto de María y de José, ¿Qué casa le prepararon a Jesús?

Yo pienso que pensar en eso nos puede ayudar más aún a nosotros, porque es verdad y todos lo reconocemos, que nos encantaría prepararle al Señor un palacio en nuestro corazón.

Pero vemos que somos miserables, vemos que no terminamos de crecer, de mejorar, quizás nos confesamos siempre lo mismo y eso podría llevarnos a un pesimismo, a una indiferencia, a decir: —bueno, una Navidad más, intentaré vivir algunas cosas mejor, pero al final siempre termino igual…

Pensemos en María y en José, ¿qué le tuvieron preparado a Jesús?

En verdad, no le tuvieron preparado un palacio, ni siquiera ellos que eran los más santos, pudieron darle a Jesús un palacio, le tuvieron preparado una cueva, un pesebre como cuna.

EL ADVIENTO NOS ACERCA A MARÍA Y A JOSÉ

Por eso la Navidad y  el Adviento en concreto, este tiempo de preparación, nos debe animar a acercarnos al ejemplo de María y de José.

Saber que el Señor no espera que le preparemos un palacio, que Jesús se contenta con la cueva que somos, porque no somos más que una cueva, nuestro corazón es frío muchas veces, oscuro y feo; como una cueva sin adornos quizá, pura piedra, pura roca, no es un lugar muy cómodo.

Jesús no quiere que dejemos de ser cuevas, porque eso lo somos porque estamos heridos por el pecado original.

Sin embargo, pensemos que hicieron María y José, evidentemente el Evangelio no nos trae el detalle de qué es lo que hicieron cuando llegaron a esa cueva, pero nos lo podemos imaginar, naturalmente, habrán en primer lugar sacado los animales, que habitaban en ese establo.

¿CÓMO LIMPIO MI CORAZÓN PARA RECIBIRTE?

Bueno, primera tarea que tenemos nosotros. ¿Qué animal llena mi corazón?…

Los animales en el Antiguo Testamento y en las culturas antiguas representaban los dioses, por eso se adoraba al becerro de oro, o a un águila, porque representaban dioses.

Bueno, ¿Qué dios hay en mi corazón que debo expulsar?

En primer lugar y a veces se trata de un éxito profesional, a veces se trata del éxito de las notas, una nota en las pruebas, de ser el mejor de mi curso.

O puede ser un placer que no queremos subyugar al mandato de Dios, o no lo sé cada uno tiene que ver si quizá hay un algún ídolo, algún animal que esté ocupando esa cueva que es para Dios…

María y José después de sacar a los animales, también me imagino que limpiarían esa cueva, de todas mugres que habrán dejado los animales, pues también pensémoslo nosotros,

¿Qué suciedad hay en mi corazón que debo limpiar en el sacramento de la confesión?

Y además de lo que podríamos llamar a esta tarea más negativa, la preparación del lugar para Jesús, de la casa para Jesús, no es solamente limpiar, sacar sino poner, meter en esa casa, adornar esa cueva para que sea lo más digna posible para el Señor.

¿Qué haría María y José? Prenderían un hogar, en primer lugar, un fuego que da luz y calor. Y, ¿qué es ese fuego en nuestra vida? La amistad, la alegría.

VIVIR EL ADVIENTO

¡Qué bien vivir esta Adviento con una sonrisa!

Con interés por los demás, con oración por los demás, además del fuego me imagino que, en la medida de lo posible pondrían alfombras en el suelo, la alfombra del servicio en nuestro caso, cada acto de servicio es una alfombra que hace que el Señor pise blando.

También intentarían tener algunos muebles para guardar cosas, bueno que son los muebles, son cosas útiles, podríamos decir, son lugares útiles donde dejar las cosas necesarias para la vida, bueno lo útil en nuestra vida es el estudio, es la formación, ser útiles es formarse, es estudiar.

Un Adviento de estudio, un Adviento en el que aprendamos, en el que mejoremos nuestra formación.

Y luego por último, pensaba yo que cada uno podrá añadir todo lo que quiera, la música, siempre un hogar donde hay música, música agradable es un hogar podríamos decir abierto, es un hogar que invita a entrar.

Bueno la música es la oración, un corazón donde hay oración, donde hay serenidad, donde esa persona habla con Dios, es podríamos decir, un hogar, una casa, un corazón en el que hay esa música agradable, esa música positiva, esa música que llena el alma de felicidad.

Podemos terminar este rato de oración, pidiéndole a María y a José, a la Sagrada Familia, a este santo matrimonio que nos ayude también a cada uno.

María y José ayúdenme a preparar muy bien el nacimiento de Jesús, a preparar mi corazón, para que sea una cueva así, un pesebre, un pobre pesebre pero un pesebre lleno del amor de Dios.

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