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¿TRABAJO INMORAL…?

¿TRABAJO INMORAL…?

Se va terminando la Cuaresma… Dentro de nada estaremos en la Semana Santa y, con ella, vienen esos días de descanso que tanto se agradecen.

Y aquí estoy yo pensando en el descanso y Tú, Señor, dices:

“—Mi Padre no deja de trabajar y yo también trabajo”

(Jn 5, 17).

Es cierto que nos hiciste, nos creaste para trabajar. Está en aquellos primeros versos del libro del Génesis:

“El Señor Dios tomó al hombre y lo colocó en el jardín de Edén para que lo trabajara y lo guardara”

(Gn 2,15).

Fue con el pecado original que vino el sudor de tu frente para comer el pan (cfr. Gn 3,19), que es fruto del trabajo.

Señor, Tú entiendes nuestro cansancio. Entiendes el sudor de nuestra frente. Pero lo que no cuadra es que trabajemos mal. Una cosa es que nos cansemos y otra que no le demos al trabajo el valor que tiene. Que no te sepamos encontrar a Ti en ese trabajo. Porque el trabajo es algo divino.

—Mi Padre no deja de trabajar y yo también trabajo.

Es algo de Dios y algo nuestro. Dios ha querido que sea nuestro.

Mira, ahora que seguimos en Cuaresma, vale la pena recordar que ese cansancio puede ser la cruz del trabajo que le da valor, que le da vida. Se trata de darle a todas las cosas que hacemos su lugar. Y darle a todo valor sobrenatural. Pero con orden. Se lo vamos a dar si lo hacemos de cara a Dios.

Sería una pérdida quedarnos solo con la visión humana de lo que hacemos o dejarnos llevar solo por nuestro gusto o ir en automático. Para que no suceda: cruz. Que algunas veces tiene que ver con la dedicación del tiempo, el orden, el cuidado de los detalles, el esfuerzo por acabar bien la labor comenzada… A veces eso es la cruz. Esa cruz es transformadora de lo que hacemos.

CELEDONIO CASTILLO

Me acordaba de aquel carpintero mejicano que, después de pasar una temporada en la cárcel, cuando salió recibió el encargo de hacer una cruz de más de dos metros para un crucifijo casi de tamaño natural. Se trata de la historia de Celedonio Castillo, el primer supernumerario del Opus Dei en América.

Aquel buen hombre sabía muy poco del catolicismo y el ambiente en el que vivía era más bien ajeno a lo religioso. Pero al descubrir la figura del Crucificado en su taller, que hasta entonces había estado cubierto con una sábana, comenzó su conversión. No solo hizo la cruz de madera, sino que tuvo que clavar en ella la talla por las manos y los pies.

Luego llevó la cruz en su camioneta y la cargó unos metros sobre el hombro, hasta el oratorio donde tenía que instalarla. Esa experiencia supuso una conversión «a lo san Pablo». Siempre recordaría con emoción esos momentos (cfr. https://opusdei.org/es-mx/article/fallece-el-primer-supernumerario-de-america/ ).

¡Vaya cosa! Había realizado muchos trabajos. Había trabajado la madera en muchas ocasiones. Se ve que hacía muy bien lo que le pedían. Pero hasta ese momento su trabajo tal vez había sido solo sudor de la frente.

Faltaba que fuera algo divino y lo fue hasta que tuvo que trabajar la cruz… Hasta que la cruz se introdujo en su trabajo, en su taller. Hasta que la cruz estuvo sobre sus espaldas, entonces su trabajo fue vida, vida divina. Y vino su conversión, su resurrección.

Porque el Padre ama al Hijo y le muestra todo lo que Él hace y le mostrará obras mayores que éstas para que ustedes se maravillen. Pues así como el Padre resucita a los muertos y les da vida, del mismo modo el Hijo da vida a quienes quiere.”

(Jn 5, 20-21).

DESCUBRIR LA CRUZ DE CADA DÍA

Nuestra vida, la tuya y la mía, nuestro trabajo, que forma parte esencial de nuestra vida, depende de nuestra conversión. Esa conversión que surge de la unión con la Cruz. De ese llevar la cruz, en lo ordinario. Nadie nota esa cruz, pero nosotros sí: nos cambia. Las cosas tienen otra dimensión.

Vale la pena descubrir la Cruz de cada día, valorar el sacrificio en lo ordinario, vivir el espíritu de penitencia en el cumplimiento amoroso del trabajo y de todos nuestros deberes.

El Papa san Juan Pablo II, citando a un poeta de su tierra, decía que el trabajo está “para que nos elevemos”. Justo eso me traía a la memoria un relato bastante ilustrativo. Es la conversación de un padre con su hijo.

“Aquel hombre, hijo mío, que vino a verme esta mañana -¿sabes? el de la cazadora color de tierra- no es un hombre honesto (…). Este hombre ejerce la profesión de caricaturista en un periódico ilustrado. Esto le da de qué vivir; esto le ocupa las horas de la jornada. Y, sin embargo, él habla siempre con asco de su oficio y me dice: «¡Si yo fuera pintor! Pero me es indispensable dibujar estas tonterías para comer. ¡No mires los muñecos, chico, no los mires! Comercio puro…»

Entonces comentaba el papá:

“Quiere decir que él cumple únicamente por la ganancia. Y que ha dejado que su espíritu se vaya lejos de la labor que le ocupa las manos. Porque él tiene su labor por muy vil. Pero dígote, hijo mío, que si la faena de mi amigo es tan vil, si sus dibujos pueden ser llamados tonterías, la razón está justamente en que el no metió allí su espíritu.

Cuando el espíritu en ella reside, no hay faena que no se vuelva noble y santa. Lo es la del caricaturista, como la del carpintero y la del que recoge las basuras…

Hay una manera de dibujar caricaturas, de trabajar la madera, que revela que en la actividad se ha puesto amor, cuidado de perfección y armonía y una pequeña chispa de fuego personal: eso que los artistas llaman estilo propio y que no hay obra ni obrilla humana en que no pueda florecer. Manera de trabajar que es la buena. La otra, la de menospreciar el oficio, teniéndolo por vil, en lugar de redimirlo y secretamente transformarlo, es mala e inmoral.

El visitante de la cazadora color de tierra es, pues, un hombre inmoral, porque no ama su oficio”

(cit. en El día que cambié mi vida, Francisco Fernández-Carvajal).

SENTIDO SOBRENATURAL

Está claro: que nuestro espíritu no se vaya lejos de la labor que ocupa nuestras manos. Que sepamos meter nuestro espíritu (alma, sentido sobrenatural) en lo que hacemos. Para que así sea algo noble y santo. Que todos queramos trabajar de esa manera: buena. Lo otro es malo, es inmoral…

Ojo, que esto vale para el pintor, para el médico, para el escritor, para cualquiera. La cosa hecha a medias, para salir del paso, la chapuza, va de la mano de la falta de amor, de la indiferencia, de la tibieza. Algunos van todos los días al trabajo como si “no hay más remedio”, porque no pueden zafarse…

Y eso no es vida…

Que no nos pase, que lo nuestro no sean quejas, resoplidos, sarcasmos… Que sean, en cambio, trabajo bien hecho, de cara a Dios, esforzado, trabajo redentor…

No lo olvides, el trabajo, nuestras obligaciones, están “para que nos elevemos”… y para que Lo elevemos…

Y, de paso, dale igual gracias a Dios por el descanso que se acerca. Disfrútalo, pero sin olvidar que en esos días recordaremos la Cruz que transforma en divino el sudor de nuestra frente y todo lo que hacemos.

Madre mía queremos acompañarte ahí también, para poder realmente trasformar todo lo que hacemos.

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