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TONTO DE CIRCO

tonto

Aceptémoslo o más bien, lo acepto Jesús: existe la tentación de quedarnos, de quedarme, en lo que se ve, en lo superficial, en la mera apariencia.  Nos gusta que nos vean y nos aplaudan o nos tengan en gran estima.
Que nos reconozcan todo lo que hacemos.  Y no nos damos cuenta de que, con eso, de alguna manera vaciamos de contenido (de verdadero contenido) lo que hacemos.
San Josemaría recordaba los desfiles de pueblo.  Nos hablaba de los gigantes de esas fiestas populares.  Suenan los cohetes y la charanga que anuncia el desfile de los gigantes: gritan los niños y aparecen unas figuras enormes, inmensas.
Se contonea el gigante al compás de la música y parece que, si se cayera, aplastaría a la muchedumbre.  Nadie se libra de una cierta impresión.  Pero acabada la fiesta, se ve que el gigante es solo un armazón de tablas y trapos que arrastra un pobre hombre.
Muchas veces, de nuestras cuatro tablas queremos hacer un gigante y no nos damos cuenta de que nos corremos un gran riesgo, porque no dejan de ser cuatro maderas y dentro, un hombrecito pequeño, sin substancia.
Sin substancia porque todo se ha basado en querer llamar la atención, en quedar bien, en que lo vean, en que le admiren.  Incluso, con la idea de que digan que soy bueno, que soy piadoso, que soy generoso…
No se trata de que lo digan, se trata de que lo sea de verdad.  Y eso, muchísimas veces, no lo nota nadie, porque sale con la naturalidad de la vida misma, sin carteles, ni pancartas, sin cohetes ni gritos.

FIGUREO

            “La corriente de la sociedad actual nos lleva a las orillas del [figureo (del querer figurar), del postureo, que hoy podríamos llamar] “post-ureo”, todo lo bueno hay que postearlo, publicarlo en redes. 

            En China, es tal la fiebre por hacerse “selfies” que han construido una réplica de la isla de Santorini para hacerse fotos con ese fondo.

            El mensaje de Jesús de entrar en la habitación y cerrar la puerta y tu Padre que ve en lo escondido te recompensará, parece de otro milenio”

(Enero 2022, Con Él, José Luis Retegui García).

            “Pero hoy nos lo vuelves a proponer, porque tu mensaje Señor es siempre actual:

“Guárdense de hacer su justicia delante de los hombres con el fin de que los vean; de otro modo, no tendrán recompensa de su Padre que está en los Cielos.

            Por lo tanto, cuando des limosna no lo vayas pregonando, como hacen los hipócritas en las sinagogas y en las calles, con el fin de que los alaben los hombres.  En verdad les digo que ya recibieron su recompensa.

            Tú, por el contrario, cuando des limosna, que tu mano izquierda no sepa lo que hace tu mano derecha, para que tu limosna quede en lo oculto; de este modo, tu Padre, que ve en lo oculto, te recompensará.

            Cuando oren, no sean como los hipócritas, que son amigos de orar puestos de pie en las sinagogas y en las esquinas de las plazas para exhibirse delante de los hombres.  En verdad les digo que ya recibieron su recompensa.

            Tú, por el contrario, cuando te pongas a orar, entra en tu aposento y, con la puerta cerrada, ora a tu Padre, que está en lo oculto; y tu Padre que ve en lo oculto, te recompensará”

(Mt 6, 1-6).

            “Cuando ayunen no se finjan tristes como los hipócritas, que desfiguran su rostro para que los hombres noten que ayunan.  En verdad les digo que ya recibieron su recompensa.

            Tú, en cambio, cuando ayunes, perfuma tu cabeza y lávate la cara, para que no adviertan los hombres que ayunas, sino tu Padre, que está en lo oculto; y tu Padre, que ve en lo oculto, te recompensará”

(Mt 6, 16-18).

EL VALOR DE LO OCULTO

Donde solos nos encontramos Él y nosotros; Dios y tú… cada uno, personalmente, individualmente… donde no hay ruido… donde nadie me ve y que, por eso, tiene más valor y es, de alguna manera, más auténtico…
El mundo tiende a valorar lo que brilla con la luz del éxito, del reconocimiento humano, el figureo.  Cuando es Dios el único que conoce el verdadero valor de nuestra vida.
Y lo nuestro es obrar, trabajar, para la gloria de Dios.  No para que se vean las cosas, no para llevárnoslas de exitosos o eficientes, sino para hacer bien lo que hacemos y ofrecérselo a Dios.  Nuestro día a día, lo pequeño y lo oculto, con el talante y el aplomo de un hijo de Dios.
Te comparto un texto escrito por un monje trapense.  Se trata de san Rafael Arnaiz, que falleció en 1938.  San Juan Pablo II lo llegó a proponer como modelo para los jóvenes en una Jornada Mundial de la Juventud.
Dicen que vivió y murió “con un corazón alegre y con mucho amor a Dios”.  Pero no hizo nada extraordinario: realizó estudios elementales, después, su carrera de arquitectura y terminó sus días en una Trapa de Palencia, España.
¿Qué es una Trapa? Una Trapa es un monasterio de monjes trapenses.  ¿Quiénes son los trapenses? Monjes que siguen la regla de san Benito y llevan un estilo de vida sencillo y trabajador lejos del mundanal ruido.
Las comunidades monásticas suelen ser pequeñas, con unas 25 personas cada una.  La gente suele decir que hacen voto de silencio, pero no es cierto.  Aunque sí pasan la mayor parte del tiempo orando, meditando, leyendo las Escrituras y trabajando en el servicio comunitario.
La verdad es que reservan las conversaciones para ocasiones especiales…

UN TONTO DE CIRCO


Así vivió san Rafael Arnaiz que escribió lo siguiente:

            “Una vez había un tonto de circo [o sea, un payaso] que cada vez que entraba en la pista se caía… Iba de aquí para allá, arrastrando sus enormes zapatos y, con grandes esfuerzos, lograba arreglar la esquina de la alfombra.

            Cuando ya creía que estaba bien, tropezaba en ella… la volvía a arrugar y se caía…, sudaba…, su trabajo consistía en sacar una silla…; para eso se arremangaba, se secaba el sudor de la frente con un enorme pañuelo y, como si arrastrase un enorme peso, sacaba a la pista la silla y por último se sentaba en ella.

            Todos se reían de él al ver lo orgulloso que se retiraba, creyendo que había ayudado a los demás a preparar los aparatos, alfombras y demás enseres que los artistas necesitaban para su trabajo.

            Yo conozco un trapense que, en la Trapa, hace igual que el tonto del circo.  Toda su actuación se reduce a un “hacer que hacemos”, arrastrando los pies y secándose el sudor.

            Este pobre hombre hace reír a los ángeles que contemplan desde el Cielo el espectáculo del mundo y, aunque no hace los arriesgados trabajos de los demás artistas, ni da saltos mortales, ni ejercicios de fuerza o volteretas en el trapecio.

            ¿Qué más da? ¡Si no sabe desarrugar las alfombras y con ello se gana los aplausos de los ángeles!

            Solamente hay una pequeña diferencia, aquel tonto del circo se creía algo y las ovaciones que el público, por broma le tributaba, le llenaban de vanidad y saludaba complacido a la gente.

            En cambio, a este trapense, las ovaciones del público no le llegan… hace lo del tonto, pero no tiene a quién saludar y, si en el Cielo se ríen, él no lo ve.

            Además, no es tonto, no se cree que de veras hace algo… solamente, eso sí, hace lo que puede, arrastra los pies y se seca el sudor con su enorme pañuelo de hierbas”

(San Rafael Arnaiz, El tonto del circo, 24 de julio de 1936).

            ¡Qué lección de vida nos da este santo varón! Oculto en su Trapa, en silencio.  Nadie lo ve.  Solo el Cielo con sus ángeles, contempla su trabajo escondido.
“En el Cielo, Tú te ríes Jesús y le comentas a tu Padre, divertido, todo lo que hace este buen hombre”.
No figura en las noticias, no es famoso en los periódicos o en las redes sociales, nadie le cuelga una medalla al cuello…
Hoy solo figura en la lista de los santos, que no es poca cosa, porque

“tu Padre que ve en lo oculto”

le recompensó lo que nadie vio, pero que era tan valioso a sus ojos y a los de nuestra Madre bendita, que seguramente también contemplaba aquel espectáculo escondido y se lo gozaba.
Y es que no era ningún tonto de circo, sino un santo; alguien que supo darle valor a lo escondido.
Que yo no sea tonto Madre mía y sepa aprender de él esta gran lección.

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