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TIBURÓN 

TIBURÓN

Hoy, Jesús, escucho tus palabras. Siempre son impactantes, siempre suscitan algo nuevo; despiertan algún propósito de mejora, un sentido de responsabilidad o resultan ser un reto alentador.

Las palabras que escucho hoy, ya las he comentado en estos 10 minutos con Jesús en más de una ocasión. Por lo que pienso irme por otros derroteros, aunque siempre inspirado en Tu palabra, que nunca es vieja ni trillada.

Dices:

«Ustedes son la sal de la tierra. Pero si la sal se vuelve sosa ¿con qué se salará? No vale más que para tirarla fuera y que la pisotee la gente. Ustedes son la luz del mundo. 

No puede ocultarse una ciudad situada en lo alto de un monte; ni se enciende una luz para ponerla debajo de un celemín, sino sobre un candelero para que alumbre a todos los de la casa.

Alumbre así su luz ante los hombres, para que vean sus buenas obras y glorifiquen a su Padre, que está en los cielos»

(Mt 5, 13-16).

TIBURÓN

No me había atrevido a decírtelo Señor, y puede parecer que no tiene mucho que ver con lo que Tú hablas, o que tengo una especie de pensamiento lateral o que soy un despistado…, pero escucho las palabras “sal” y “luz” y pienso en: agua salada y sol; en playa, en mar y en las olas.

Tú sabes Señor que no puedo evitarlo. Toda mi adolescencia, junto a un grupo de amigos y primos, la pasé sobre una tabla de surf.

Bueno no “todo” el tiempo porque, lógico, también estudiaba y hacía otras cosas, pero aquello era mi pasión.

Y de aquellas jornadas surfeando hay muchas cosas que contar. Entre otras está que al menos en un par de ocasiones aparecieron tiburones. En las aguas cálidas de estas latitudes, los tiburones no atacan a los surfistas (a no ser que estés sangrando).

Pero no te voy a negar que la primera vez que se te aparece una aleta de tiburón a pocos metros de distancia es normal que un escalofrío te recorra el cuerpo, y te de cierto miedo. Y, por supuesto, uno intenta poner distancia, alejarse del tiburón: no vaya a ser que te confunda con una foca o algo parecido…

Obvio que yo no era sacerdote todavía. Y lo digo no porque surfear tenga algo de malo, si no porque ya tengo un buen rato de no surfear…

Y me recordaba que siendo san Juan Pablo II Cardenal, fue invitado a dar una charla sobre teología moral en la Universidad Católica de Milán. Los estudiantes se sorprendieron al saber que el Cardenal Wojtyla tenía una vieja afición por el esquí.

Al ver su extrañeza, reaccionó con humor, como solía hacer y les desafió a que le dijeran cuántos cardenales italianos esquiaban, y respondieron: —Ninguno. Pues en Polonia, en cambio, esquía el cincuenta por ciento de los cardenales.

El aula estalló en carcajadas, porque bien sabían que en Polonia sólo había dos cardenales; el otro era el anciano Stefan Wyszynski (cfr. Juan Pablo, amigo. La vida cotidiana en el Vaticano, de Paloma Gómez Borrero).

Es más, dicen que alguno le preguntó si era malo que un cardenal esquiara. A lo que el Cardenal Wojtyla respondió: —Lo que sería malo es que esquiara mal. Y nueva carcajada…

O sea, no hay nada de malo con surfear. Si te gusta: adelante, ¡a disfrutar! ¡Yo me lo disfruté!

Pues resulta que hace poco, varios que conocen mi afición por el surf, me reenviaron una noticia: “El gobernador general de Australia anunció que el padre Liam, junto con otros rescatistas, recibieron el premio Barvery Award (Reconocimiento al valor, o a la valentía)”.

Resulta que el padre Liam Ryan (capellán de los hospitales públicos y privados de St John of God Midland) surfea, y estaba a cien metros de la costa en Bunker Bay cuando un tiburón blanco de cinco metros apareció, y atacó a un surfista mordiéndole la pierna y destrozando su tabla de surf.

El padre Liam gritó pidiendo ayuda, pero se dio cuenta que él era quien tenía que intervenir. Y así lo hizo. Lo puso sobre su tabla y junto con otros dos compañeros remaron lo más rápido posible los cien metros de regreso a la orilla.

EL ADN DEL CRISTIANO

Bueno, ¿a qué íbamos con esto…? Hacia algo que leí hace tiempo y me llamó la atención.

Decía: “El tiburón es un animal que goza de una extraordinaria finura de olfato para la sangre. La sangre le atrae. No se anda con contemplaciones y destroza a su víctima.

A algunos hombres, se les llama tiburones porque tienen la habilidad de aniquilar al débil, de aprovecharse del herido. En fin, que, si uno está débil, su peor enemigo es el tiburón. 

El tiburón no con-vive, no vive-con, es un animal solitario porque si hay otro, se lo devora” (Septiembre: Bienaventuranzas. Mandamientos, José Pedro Manglano).

Pues eso: qué no podemos tener ADN de tiburón; unas personas solitarias, agresivas, de las que la gente prefiere poner distancia de por medio. Alguien con pocos amigos, porque: ¡cuidado y te muerde! O que piensen: “mejor que alguien lo salve y lo saque de esa amistad o de ese negocio porque se está metiendo con aquel que es un tiburón”

A ver, el tiburón no puede evitarlo, es parte de su ADN. Pero el ADN del cristiano es otra cosa totalmente. ¡Es ser sal y luz! ¡Soy sal! ¡Soy luz!

El ADN del cristiano es ser alguien que cuida, conserva y promueve lo bueno del otro, alguien que le da sabor a la vida y a los acontecimientos, alguien que ilumina, que acoge y da calor.

El cristiano procura tener siempre una sonrisa, sabe hacer un buen comentario, sabe parecerse a Cristo. “A Ti, Jesús, eres agradabilísimo. Eres la mejor compañía, iluminas los días de tus discípulos, no te aprovechas de nadie, sirves a todos. 

Por eso siempre te encuentras rodeado de gente que te quiere hablar, que te quiere ver, que te quiere tocar”. 

SER SAL, SER LUZ

Creo que tal vez ya te lo he compartido en otra ocasión. Pero que bien nos viene recordar lo que contaba aquel sacerdote:

Una idea que escuché en la sala de espera del dentista. (…) Llegó una señora sencilla y extrovertida. Serían más o menos las doce de la mañana. Enseguida empezó a hablar: —¡No puede ser! Este mundo cada vez es menos humano. Da pena ir por la calle. ¡Qué gris es todo! ¡Qué tristeza! ¡Cada uno a lo suyo! Todo el mundo va serio, con prisas, rara vez alguien se saluda y, cuando se hace, no va más allá de unos formales “Buenos días”. 

Somos como hormigas que vamos rápidamente de un sitio a otro consultando el reloj, ignorando a los demás. Pienso que como esto siga así, al final, los ayuntamientos tendrán que crear un nuevo puesto de trabajo que será el de los alegradores de vidas. 

Serán funcionarios pagados con la misión de estar por la calle sin otra función que la de ir alegrando la vida a los que pasen por allí. Irán saludando: —¿Qué hay? Buenos días. ¡Qué día más bonito! Pararán a las señoras que van con su niño: —¡Huy! ¡Qué guapo está!… (…) Y a otro: —Si quiere le ayudo a llevar eso hasta el carro… Y a otra: —que bien le combina el bolso con esos zapatos…

Añadía mil ejemplos más. Aproveché la ocasión para decirle que, en mi opinión, tenía buena parte de razón. Pero que los cristianos debemos ser esos alegradores de vidas.

Y no con sueldo del ayuntamiento, ni con un cursillo de aprendizaje, sino movidos naturalmente por el amor a todos los hombres que nos enseñó y nos da Cristo, y por la alegría y paz interior que tenemos al sabernos hijos de Dios” (cfr. Diciembre: Adviento. Navidad, José Pedro Manglano).

Allí lo tienes: ¡Alegradores de vidas! ¡Sal y luz! Que si no el mundo se vuelve gris y menos humano. ¿Qué vamos a hacer con cristianos sosos…? ¡Que demos sabor a la vida! ¡Que alumbre nuestra luz ante los hombres, para que glorifiquen al Padre, que está en los Cielos!

Vamos terminando, y tal vez encuentres en ti algo de tiburón… Te podría servir aquella frase de la película Buscando a Nemoen la que el tiburón dice: “Yo soy un tiburón cortes, no una máquina cruel de devorar. Si ésta rancia imagen deseo cambiar, debo cambiar yo de una vez”.

Y pídeselo a Santa María: “Madre mía, cámbiame de una vez”.

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