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SOY SAL, SOY LUZ

SOY SAL, SOY LUZ

Ustedes son la sal de la tierra. Ustedes son la luz del mundo. Te escucho Jesús y me sorprendo. Es cierto que las preguntas que se preguntan muchas personas van por la línea de: ¿Quien soy? ¿Para qué estoy aquí? Es bueno tener resueltas estas preguntas… Pues Jesús nos las responde:

“Ustedes son sal, ustedes son luz”.

SOY SAL

Quiera o no quiera, me guste más o me guste menos: Soy sal, soy luz. Puedo hacerlo mejor o peor, pero eso soy. El cristiano, el bautizado, somos sal y somos luz… Ahora, Jesús lanza una pregunta retórica:

¿Se trae el candil para meterlo debajo del celemín o debajo de la cama, o para ponerlo en el candelero?

Conocemos bien la respuesta…

El celemín es una medida de cantidades, como quien dijera, un saco de trigo. Hacía referencia también, al objeto común en las casas, que servía para almacenar el trigo u otro cereal, que después se usaba para hacer pan y otros productos.

SOY LUZ

Entonces poner debajo este objeto, que solía ser de madera o de piedra, una lámpara, no tenía ningún sentido. Lo mismo sucedería si la lámpara de aceite se escondiera debajo de la cama.

Lo primero que se imagina uno, es que la luz de la vela quemaría el colchón por debajo. Pero se entiende que las casas en esa época tenían camas excavadas en la piedra, como un banco corrido sobre el que se podían extender esterillas y mantas.

Así, debajo de la cama, quedaba un espacio donde se podía poner una lámpara, pero allí no alumbraría prácticamente nada.

«Sea como sea, el ejemplo de Jesús es muy claro para todos nosotros: la luz no se enciende para esconderla, sino para iluminar, y cuanto más pueda iluminar, mejor. Por eso se ponían los candeleros en las casas» (cfr. Enero con Él 20).

Quiero ser luz. Quiero iluminar. Quiero ser lámpara. Ser farol encendido que ilumina a los que tiene alrededor…

Creo que podríamos empezar por pedir: “Señor dame luz. Ayúdame a ser lámpara que ilumine…”

 “Cristo ha venido a traer al mundo el fuego del Amor de Dios” (Lc 12,49).

Hay que dejarse encender por Él y propagarlo a nuestro alrededor. Mientras más encendidos estemos cada uno de nosotros, mientras más pegados a nuestro Señor, más vamos a poder compartirlo.

Vamos a poder iluminar: encender a los que tenemos al lado, a parientes, colegas, la gente con la que coincidimos.

LUZ DEL MUNDO, LUZ EN LA OSCURIDAD

Pero si la sal se vuelve sosa… Y si la luz se esconde, si deja de iluminar…

Si nuestro amor a Dios decae, el mundo se queda a oscuras…

No sé si has tenido alguna experiencia con esto de la oscuridad. Cuando estudiaba en Roma para ordenarme sacerdote, vivía en una casa con más de ciento cincuenta personas.

Cada uno de nosotros tenia un encargo para poder ayudar al mantenimiento y buen funcionamiento de la casa.

En una época junto con otro, nos encargábamos del mantenimiento de los pasillos subterráneos de la casa. Había una serie de pasillos donde corrían los tubos de electricidad, de agua y otras cosas.

Era un laberinto de pasillos para limpiar y cuidar. Uno caminaba, recorría, encendía una luz, y al terminar, la apagaba y encendía la próxima.

Pues una vez, estábamos en medio de ese laberinto, con la luz encendida, y de repente alguien nos apagó la luz, y no nos veíamos ni las manos. Yo empecé a gritar: ¡Luz! ¡Luz! El que tenía al lado me dice: No es necesario que grites, nadie te escucha…

Para suerte nuestra, alguien encendió de nuevo la luz. ¡Pero esa sensación de oscuridad es terrible! El mundo se queda a oscuras, si tu y yo estamos apagados…

Decía san Josemaría:

“De que tú y yo nos portemos como Dios quiere —no lo olvides— dependen muchas cosas grandes”

(Camino 755).

Y tiene razón, ser luz del mundo.

Pero no es cumplir cosas, hacer cosas, es estar encendido, es ser luz, ser sal…, es estar enamorado…

SE SAL Y SER LUZ

Decía el Papa: “La sal sirve para dar sabor a la comida y la luz para iluminar las cosas. Ser sal y luz para los demás, sin atribuirse méritos. Ese es el sencillo testimonio habitual, la santidad de todos los días, a la que está llamado el cristiano”.

Esa es la santidad a la que Dios nos llama. Y esa santidad, -por los ejemplos, por las figuras que me propones-, me doy cuenta de que es un darse. La caridad es darse.

 Sigue diciendo el Papa Francisco: “Sal para los demás, luz para los demás, porque la sal no se da sabor a sí misma, sino que está siempre al servicio de los demás, Y la luz tampoco se ilumina a sí misma, sino que está siempre al servicio de los demás”.

SAL PARA LOS DEMÁS

Ser sal para los demás. Sal que ayuda a las comidas, pero poca. En el supermercado la sal no se vende a toneladas, no, sino en pequeños paquetes; es suficiente.

Además, la sal no se alaba a sí misma. Siempre está ahí para ayudar a los demás: ayudar a conservar las cosas, a dar sabor a las cosas. Es un testimonio sencillo. Estamos para los demás.

“Pero si la sal se vuelve sosa…”

(Mt 5,13).

Entonces nos viene el peligro de la tibieza y la rutina. Si el amor se entibia, empieza el cálculo, empezamos a hacer perezosamente y de mala gana las cosas que se refieren al Señor. Y la luz decae, escondemos la lámpara.

“Si tus conversaciones son ociosas y vanas; no aborreces el pecado venial” (cfr. Camino 331)

Con la tibieza no piensas más que en ti y en tu comodidad, solo obramos por motivos humanos.

SER CRISTIANOS ANÓNIMOS EN LA VIDA

El Papa decía: “Cuando comemos no decimos: ¡Qué buena está la sal! ¡No! Decimos: ¡Qué buena está la pasta! ¡qué buena está la carne! Y de noche, cuando vamos por la casa, no decimos: ¡Qué buena es la luz! ¡No!

Ignoramos la luz, pero vivimos con esa luz que nos ilumina. Es la dimensión que hace que los cristianos seamos anónimos en la vida”.

Pero que importante es que estemos. La tibieza hace que en lugar del amor a Dios me mueva el amor a mi mismo. Busco compensaciones o reconocimiento, uno mismo se va apagando, uno mismo se va encerrado en sí mismo, se va poniendo debajo del celemín, debajo de la cama.

«Señor, yo quiero poner remedio a estas cosas, que no me pase. Y me doy cuenta de que se trata de renovar mi piedad».

Buscar cosas que me ayuden a rezar, a tener más presencia de Dios, un trato más cariñoso con Él. Y esa luz con la que me iluminas y me quieres hacer brillar, lo quieres, porque necesitas de mi para llegar a los demás y no dejarlos a oscuras. Tu me quieres ayudar para que yo pueda ayudar.

DIOS QUIERE HACERME BRILLAR

Que tampoco quiera ser la sal de todos los platos, pero que tampoco sea apocados. Que me proponga metas altas, sobretodo en lo que se refiere para el alma, y con la ilusión de poder ayudar a los que tengo alrededor. A ti y a mí, Dios por eso nos ha puesto ahí donde estamos.

Pidámosle a nuestra Madre, que nos encienda. Que encienda las brasas de nuestra alma. Para que iluminen a los que tenemos a nuestro alrededor y peguen el fuego del amor a Dios.

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