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SANTOS INOCENTES

Pedir. Luz de Dios

SAN JOSÉ SALVA AL NIÑO

Hoy que celebramos esta memoria litúrgica de los Santos Inocentes y que estamos el año San José, hoy especialmente, pidámosle a San José que nos cuide, “San José, como cuidaste a Jesús, como cuidaste a la Virgen, como cuidaste a tu familia. San José, cuídanos”.

Porque los Santos Inocentes son mártires: dieron su vida por Jesús. “Y la verdad es que Tú, Jesús (ahora que estamos rezando podemos dirigirnos así directamente, tú también -yo en voz alta, tú también, en tu oración- nos podemos dirigir a Jesús), Jesús la verdad es que Tú habrías sido uno de ellos.

Tú habrías sido uno de aquellos Santos Inocentes, si no hubiera sido por José, por San José; por la Virgen Santísima también, ellos que te cuidaron. Especialmente, quizá, se detiene nuestra mirada, nuestro corazón en San José”.

“Levántate, toma al niño y a su madre y huye a Egipto”

(Mt 2, 13)

“Y San José se levantó”

(Mt 2, 14)

“San José, levántate ahora también y cuídanos. Así como cuidaste a Jesús, cuida a tu Iglesia, cuídame a mí”. Pídeselo tu también a San José, porque es la fiesta de los Santos Inocentes, porque es el año de San José.

DAR TESTIMONIO CON NUESTRA VIDA DE LO QUE DECIMOS

Hoy día en la oración colecta, esta oración como tan central en la liturgia de la misa, hoy día rezamos esto -lo podemos rezar ahora también, tú también te puedes unir, tú también puedes rezar; yo la rezo en voz alta y tú también. Rezamos verdaderamente ahora:

“Oh Dios, los mártires inocentes pregonan hoy tu gloria, no de palabra sino con su muerte. Concédenos dar testimonio con nuestra vida, de la fe que confesamos con los labios”. Y termina esa oración, y también terminamos ahora diciendo: “Por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo, que contigo vive y reina, en la unidad del Espíritu Santo, y es Dios por los siglos de los siglos. Amén.”

Nosotros con los labios, ahora también rezando, se lo decimos al Señor. “Con nuestros labios confesamos la fe en Jesús, en la luz de Dios, en la fuerza de Dios, en la gracia de Dios, en la salvación de Dios, que nos viene por ti, Señor, lo confesamos con los labios”.

Y lo que le hemos pedido, lo que le pedimos de nuevo ahora, con esta oración colecta de la Misa es: “Señor, que esto que yo confieso con mis labios, ayúdame -le decimos así- concédenos a dar testimonio con nuestra vida de la fe que profesamos con los labios.”

 DON FERNANDO

Me acordaba, hace unos años – yo no sé si en 2011 ó 2012, importa poco en verdad- pero estando en Roma, me acuerdo, era en la Semana Santa, uno de esos congresos universitarios –UNIV se llaman- en que van universitarios y universitarias de todo el mundo prácticamente, ahí a Roma, a rezar, a vivir la Semana Santa junto al Papa, junto -también- al Padre; aprovechar de rezar en tantas iglesias romanas, aprovechar de rezar también ahí donde está San Josemaría, donde está el Beato Álvaro.

Fue un grupo de Croacia y Eslovenia y entonces, en ese grupo se mantenían dando vueltas por Roma -además de rezar, además de estar en estos congresos, con esas sesiones como más académicas- también conocer Roma y tantas maravillas.

Una de las actividades de esos días fue un encuentro -una tertulia sencilla, muy informal- con Don Fernando Ocáriz, que actualmente es el Prelado -entonces no, era el Vicario General. Era una tertulia y, no tengo idea era un día a las 4:30 de la tarde por poner una hora, no me acuerdo, y estábamos en la otra punta de Roma con este grupo que había venido de fuera.

PERSONALIDAD  SENCILLA  QUE IMPRIME PAZ

Entonces, uno de ese grupo quería ir a ese encuentro, a esa tertulia con Don Fernando Ocáriz; pero como estábamos en la otra punta de Roma, el que estaba a cargo de ese grupo, Tony me dijo: -Oye, a ver si puedes acompañar a éste a Villa Tevere, a Bruno Buozzi, para ese encuentro con Don Fernando Ocáriz. Y entonces fuimos para allá.

Llegamos, empezó ese encuentro; me dejaron entrar -aunque era para gente que venía de afuera, qué se yo, de todas las partes: de Hong Kong, de Nigeria, de Argentina, de Francia, de Austria, de Croacia, de Eslovenia. No sé, serían 50 ó 60 personas y hubo varias preguntas, sencillo, una conversación, Don Fernando iba respondiendo, preguntaba no se qué… Una cosa muy sencilla, como es él.

De pronto, uno de Austria, alto, grandote, más bien serio, muy rubio, así como la imagen que yo tenía de un austríaco así en la imaginación, esto así, encarnada en este tipo. Entonces le vino a preguntar a Don Fernando más o menos esto: ¿Cómo cambiamos el mundo? Universitario así, ardoroso, idealista.

Claro, pensando en los Santos Inocentes, en el drama del aborto en nuestro mundo, esta pregunta del austríaco:

Me impresionó la respuesta de Don Fernando, en aquella oportunidad y ahora también nos sirve para hacer oración, para pedirle al Señor: “Señor, danos luz”.
La respuesta de Don Fernando, si no me equivoco, y lo que recuerdo, pero muy sencilla fue:

“Mira, cambiemos tú, yo, y vayamos ayudando a los que tenemos más cerca, a cambiar”.

Eso fue…
Sencillo pero conn mucha fuerza, al mismo tiempo con mucha serenidad.

PARA CAMBIAR TU Y YO

Pero si para cambiar el mundo, si nosotros queremos de verdad, ser luz, ser sal, si queremos cuidar a tantas personas, si queremos como José salvar la vida del Niño, salvar la vida de tantos niños, dar luz a nuestro mundo, también en este tema de la vida de los niños que están por nacer o recién nacidos, cambiemos nosotros.

Le podemos pedir ahora: “Señor, que cambie yo, que ayude a los que tengo cerca a acercarse a Ti, a recibir tu luz, tu fuerza”.

Quizá lo que el Señor espera -así como de San José, esa ayuda en aquel momento- quizá lo que el Señor espera es nuestra oración, ahora.

Pensemos especialmente cada uno nosotros, en nuestro propio país. Aquí en Chile lamentablemente, tenemos una ley que admite el aborto -en causales reducidas, pero lo admite- y es una pena muy grande, es en verdad un crimen.

En otros países de América también, quizá ahora en la oración pedimos especialmente por Argentina. ¡Claro que sí! “Quizás, Señor, quizás Tú esperas apoyarte en mi oración hoy, mañana”.

Y vamos a rezar, y vamos a cuidar a los demás. Vamos a cuidar los niños de nuestros países, como San José. Con San José.

Es bueno que tengamos así un alma sacerdotal, por nuestro bautismo, cada uno de nosotros. Claro, todos los sacerdotes de 10 minutos con Jesús también por nuestro sacerdocio ministerial en servicio a la Iglesia, para traer la Eucaristía, la confesión, la unción, etc. Claro que sí.

Pero todos los cristianos: Alma sacerdotal, puentes entre Dios y los hombres, entre los hombres y Dios. Porque somos Cristo por el bautismo, somos Cristo, somos cristianos.

“Señor, con mi oración, como San José, yo quiero cuidar a los niños».

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