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TÚ ERES SACERDOTE PARA SIEMPRE

sacerdocio

La Carta a los Hebreos, de la que se lee un pasaje en la misa de hoy, es un escrito con fuertes raíces judías donde hay una interpretación de la Ley, del Templo y de los sacrificios que, con Jesucristo, alcanzan una comprensión plena.

Esta epístola por eso conecta muy bien el Antiguo con el Nuevo Testamento.

En los versículos que la liturgia nos presenta hoy se describe la función del sumo sacerdote que es, según se dice allí:

“… un hombre elegido entre los hombres puesto para la representación en el culto a Dios para ofrecer dones y sacrificios por los pecados; y puede comprender a los ignorantes y extraviados porque también él está sujeto a debilidad”

(Hb 5, 1-2).

Estas palabras nos llevan a pensar en nuestro propio sacerdocio, no el de la antigua Ley que estaba reservado a un solo hombre de la tribu de Leví, sino ese sacerdocio que tenemos todos los miembros de la Iglesia por el Bautismo.

“Hace pocos días hemos celebrado la fiesta de tu bautismo Jesús y uno de los aspectos que salía a relucir a través de las lecturas de esa fiesta es que, por el bautismo comenzamos a ser hijos de Dios y formar parte de un pueblo en el que se da una igualdad fundamental”.

Todos tenemos el mismo título que es el más valioso: todos somos hijos de Dios.

“También participamos de tu sacerdocio Jesús por ese bautismo; tenemos el sacerdocio común de los fieles.

Las palabras de la primera lectura de hoy nos pueden ayudar a meditar con Vos Jesús en este sacerdocio que tengo, por el cual también cada uno de nosotros somos elegidos entre los hombres”.

OFRECER SACRIFICIOS

Como dice la primera lectura, podemos representar a los hombres en el culto a Dios ofreciendo sacrificios.  Podemos comprender a los ignorantes y extraviados ya que estamos también sujetos a debilidad.

Parte importante de nuestra vida cristiana consiste en tirar de este carro -que es la Iglesia- hacia su plenitud.  Llevarla adelante en la historia, en nuestro tiempo, junto con quienes están a nuestro lado.

Un modo concreto en que lo hacemos es intercediendo por los demás. El sacerdocio consiste en presentar una ofrenda al Padre pidiendo que descienda su bendición sobre la tierra.

“Vos Jesús, sos el sumo y eterno sacerdote.  A Vos se dirigen las palabras del Antiguo Testamento que escuchamos hoy en la misa:

“Tú eres mi Hijo, Yo te he engendrado hoy”

(Sal 2, 7).

Tú eres sacerdote para siempre según el rito de Melquisedec y, sin embargo, nosotros participamos de esas afirmaciones por el bautismo; participamos de la filiación divina; en Vos Jesús participamos de tu sacerdocio”.

Por eso, al rezar por los demás, al presentar al Padre la vida, los problemas, las alegrías y penas de nuestros hermanos, ejercitamos ese sacerdocio.

Dios quiere que lo hagamos, así nos unimos a Él; también nos unimos a nuestro prójimo y nos convertimos en un puente para que este mundo se dirija hacia Dios y para que, desde Dios, llegue una bendición a los hombres.

TENER UN CORAZÓN GRANDE

“Jesús, nos asociaste a tu misión y contás con nosotros”.

En este sentido es muy gráfica la expresión del Papa que repite alguna vez:

Llenarnos de caras y de nombres”.

Como miembros del Cuerpo de Cristo, llevar en el corazón a las personas que nos rodean, tenerlos en la cabeza, en el corazón, rezar por ellos; a los más cercanos, familiares y amigos y hasta aquellos que ni si quiera conocemos, pero de los que tenemos noticia, que son también nuestros hermanos que pueden estar en necesidad.

Una persona que tiene un corazón grande puede querer a mucha gente, puede empatizar con los demás, alegrarse o sufrir con ellos y así, acompaña en el camino.

Hace que no estén solos, porque está ahí, porque comprende, porque anima, porque sostiene…

Si esa persona, además de un corazón grande tiene fe y tiene el corazón aún más grande por la acción del Espíritu Santo que le concede la caridad, entonces no solo podrá compartir alegrías y penas, ser compañía en el camino, podrá además vivificar ese vínculo con la gracia sobrenatural.

Podrá ejercitar ese sacerdocio que consigue gracias del Cielo para que caigan como un rocío sobre las personas queridas.

Será entonces también Dios mismo quien actúe, quien bendiga, fortalezca, ilumine a aquellos por quien esa cristiana o ese cristiano ha intercedido, ha rezado.

Desde este sacerdocio que consideramos, pienso que se puede sacar también una enseñanza práctica del evangelio de la misa de hoy.

DAR GRACIAS POR TANTAS COSAS

Te preguntaban Jesús:

“¿Por qué tus discípulos no ayunaban mientras que sí lo hacían los de Juan y los de los fariseos?”

Y les dijiste que

“No podían ayunar los amigos mientras el esposo estuviera con ellos”

(Mc 2, 18-19).

O sea, ayunarían cuando les fuera quitado el esposo.

“Por una parte, tus palabras se refieren a que en ese momento tus discípulos Jesús te tenían a su lado y, luego con tu muerte, les serías quitado, entonces ayunarían y harían duelo.

Para nosotros hoy podrían tener también una interpretación pensando en esos momentos que son para el gozo, también compartido con Vos Jesús que te quedaste con nosotros”.

Momentos de alegría y de dar gracias por tantas cosas que disfrutamos: amistades, un paseo, una comida muchas veces con quienes nos rodean o con toda la Iglesia, como hemos hecho en la Navidad.

O un domingo, tantas fiestas que hay en el calendario litúrgico que celebramos unidos a toda la Iglesia; y hay otros momentos que son de duelo y de dolor o de penitencia y ayuno.

EJERCER EL SACERDOCIO COMÚN

Hace poco más de una semana recibí una noticia muy dura de un chiquito de seis años que se llama Santiago, alumno del colegio en el que trabajo, que falleció en un accidente.

Conozco a varios miembros de su familia y me puedo hacer una idea del dolor tan grande para sus padres y hermanos y para tanta gente que los quiere mucho.  

Ahora podemos, en esta oración, pedir por esa familia.  Santiago estará ya en el Cielo, pero por sus padres, por sus hermanos, abuelos.

En ocasiones compartimos momentos de dolor, de duelo.  Nos toca sufrir o ser testigos del sufrimiento de otros y acompañarlos con el ayuno y la oración.

También las situaciones de dolor que no son tan cercanas, pero si uno tiene un corazón grande, nos pueden llevar a elevar una oración al Señor.

Por la paz del mundo, por los que sufren en lo material o espiritual; quizá también, además de una oración, ofreciendo un pequeño sacrificio, una privación, algo que sin que lo busquemos aparece en el camino y nos contraría.

Todo eso es ejercer este sacerdocio común.

SER PARTE DE LA IGLESIA

“Señor Jesús, Vos que sos sumo y eterno sacerdote, que intercedes por nosotros ante el Padre, que sos el único mediador entre Dios y los hombres, ayúdanos a vivir este regalo que nos das con el bautismo, que es ser parte de tu Cuerpo que es la Iglesia; que es también participar de tu sacerdocio.

Que no nos sea indiferente la vida de los demás, su felicidad terrena y eterna”.

Acudimos también a María.  De modo muy especial, ella participa de esa mediación de Cristo, tanto que se llama Medianera de todas las gracias.

Tanto que hay una analogía que dice que:

si Jesús es cabeza de este cuerpo que es la Iglesia, María es el cuello, porque a través de ella nos llegan las gracias.

En la representación de la Medalla Milagrosa, María aparece con las manos extendidas desde la que bajan rayos que son las gracias que Dios concede a los hombres a través de María.

Dice la Virgen que las de una mano son las que reciben los hombres, las de la otra mano son las gracias que recibirían si las pidieran, pero nadie las pide.

Madre nuestra, que pidamos y, por tu intercesión, que consigamos todas esas gracias del Cielo para nosotros y para la humanidad entera.

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