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POR SUS FRUTOS LOS CONOCERÁN

POR SUS FRUTOS LOS CONOCERÁN
VEN ESPÍRITU SANTO

Como siempre empezamos pidiéndole a el Espíritu Santo -ahora que acabamos de terminar el tiempo de Pentecostés- que nos asista de una manera especial. Porque queremos hacer oración, pero queremos hacer oración con su auxilio.

Sin Dios no podemos decir ni siquiera: Padre. Por eso necesitamos la ayuda, el auxilio del Espíritu Santo, para hacer este rato de oración. Y en este momento se lo pedimos: “Ven Espíritu Santo, quémame con el fuego de tu amor. Ayúdame hacer de este rato, un rato de oración, un momento de encuentro con Jesús, con vos, con el Padre, con María, con José; que sea un momento de oración, de comunión, de diálogo. Espíritu Santo te pedimos una especial asistencia, una especial ayuda, dada nuestra incapacidad natural para hacer la oración -por eso necesitamos que nos ayudes-.”

Dice el Evangelio del día:

“En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos, cuidado con los profetas falsos, se acercan con piel de oveja, pero por dentro son lobos rapaces. Por sus frutos los conocerán: ¿acaso se cosechan uvas de las zarzas, o higos de los cardos? Así todo árbol bueno da frutos buenos, pero todo árbol malo da frutos malos. Un árbol sano no pude tener frutos malos ni un árbol dañado dar frutos buenos. El árbol que no se da se tala si no da frutos buenos y se echa al fuego. Es decir, que por sus frutos los conocerán.”

(Mt 7 15-20)

En este relato del Evangelio, el Señor nos recuerda esta realidad que es qué tenemos que dar frutos buenos de nosotros. Él pasó haciendo el bien, dice la Escritura, pero a veces juega un poco a las escondidas.

JESÚS JUEGA A LAS ESCONDIDAS

Hace poco escuchaba un sacerdote español que contaba cómo a él le impresionaba que Dios jugara a las escondidas (que era su juego favorito cuando era niño); y que le había impresionado darse cuenta de que Jesús también tenía como juego favorito esconderse. Que toda su vida se la pasó escondiendo.

Primero esconde su divinidad en el vientre de María Santísima durante 9 meses, en un pueblo perdido, en una aldea perdida de poquísimos habitantes, un caserío pequeño. Después, se va a esconder en ese niño que es Rey, Rey de Reyes, pero que no nace en un palacio, sino que va a nacer en un establo. De vuelta al Rey que se esconde en un establo.

Después, el Rey, que no reacciona como Rey ante los Reyes Magos -que vinieron de Oriente para ofrecerle oro, incienso y mira- se comporta como un bebé y los magos, aquellos sabios de Oriente le rinden pleitesía, le rinden adoración a ese niño porque tienen fe. Antes le había escondido la estrella a estos magos. Jesús vive escondiendo… escondiendo cosas.

Después se va a esconder en Egipto del rey Herodes, va a jugar a las escondidas y va a estar largo tiempo escondido en Egipto.
Posteriormente, volverá a esconderse más tarde cuando vuelven a Nazaret. Llegan a Jerusalén para la fiesta, cuando se pasa tres días escondido en el templo, dejando que María y José lo busquen desesperados, llenos de angustia.

Se va a esconder en esos años largos de vida escondida. El Mesías escondido en una aldea haciendo trabajo de carpintería. Son todas cosas que, cuando las meditamos, chocan con nuestra razón. El Mesías, el Redentor, se esconde en un pueblo de Nazaret trabajando como artesano. Eso es increíble el juego de las escondidas de Dios, porque esconde su realeza, como Dios, como Rey, como Mesías.

Posteriormente la locura absoluta de la Cruz, donde va a esconder todo rastro de Divinidad, de meciandad… El Mesías que de pronto está escondido en una Cruz, suspendido allí, en lo alto del patíbulo…

Y el Señor, también se esconderá después de los discípulos, porque en la resurrección María Magdalena no lo reconoce, lo confunde con el hortelano.

Los discípulos de Emaús ese domingo, cuando vuelven a su pueblo, tampoco lo reconocen. Jesús se esconde, se esconde y juega a las escondidas, de alguna manera. Lo mismo va a pasar con los apóstoles, en muchas ocasiones se les va a aparecer y no se dan cuenta.

Juan intuye que es el Señor, en un momento y le dice a Pedro: me parece que es el Señor; y Pedro se tira al agua confiando en lo que dice Juan, pero la realidad es que no lo conocen, no lo encuentran. Jesús se les esconde.

LA EUCARISTÍA

Y para colmo de escondidas está la Eucaristía, que es el lugar donde ha terminado escondiéndose Dios a lo largo de los siglos. Ha encontrado como escondite perfecto.

Si uno tuviese que jugar al escondite y buscar, -como cuando uno era niño-, a ver dónde me escondo mejor para que no me encuentren… Bueno, Jesús ha hecho eso jugando al escondite y escondiéndose en un lugar a donde nadie, absolutamente nadie puede acceder, que es la Eucaristía. Nadie puede reconocer en ese pedacito de pan la Divinidad de Jesucristo.

Ahí Jesús está profundamente escondido, tremendamente escondido, oculto ante la mirada de cualquier persona que no vaya con los ojos de niño, con los ojos de infancia espiritual, con los ojos de la fe y que se arrodille y reconozca que ahí está Dios escondido.

Por eso tenemos que pedirle que nos ayude a buscarlo porque Jesús juega a las escondidas, porque en el fondo quiere ser encontrado:

“…buscad y hallaréis, buscad y encontraran…”

(Mt 7, 7).

El Señor nos recuerda con esas palabras que Dios desea ser encontrado, que Dios desea ser buscado, que Dios quiere que llamemos a su puerta.

No es Él el que viene a nosotros, quiere que nosotros vayamos a Él, que lo busquemos, que lo busquemos como quien busca a las escondidas. Por eso se ha escondido en un lugar tan increíble como es la Eucaristía, la Hostia Santa.

En estos días en que estábamos celebrando la octava del Corpus Christi, es muy bueno que le pidamos: “Jesús, quiero dejar de jugar a las escondidas con vos, quiero encontrarte. Ya sé cuál es Tu escondite, Tu escondite es la Hostia Santa y quiero comulgarte Jesús. Porque quiero tenerte, quiero encontrarte, quiero poseerte. Sé que estás ahí, lo creo con todas mis fuerzas.

Te pido la fe de los santos, Señor. La fe de san Juan Pablo II que, ya imposibilitado para arrodillarse, insistía a sus ayudantes para que lo ayudaran a ponerse de rodillas, en esa última procesión del Corpus Christi en 2004.”

Y apenas se podía arrodillar y se doblaba porque era incapaz de sostenerse y lo tenían que volver a sentar, pero insistía en arrodillarse: Si ahí está Cristo, ¿cómo no me voy a arrodillar? Con esa voz que apenas se le escuchaba, apenas se le notaba.

Pude ser testigo de esa última procesión del Corpus Christi de este Papa santo e impresionaba verlo agarrado al reclinatorio mirando fijo a Jesús Sacramentado. Juan Pablo II había encontrado el escondite de Jesús.

A cada uno de nosotros nos toca encontrar este escondite y dar con el Señor y hacernos con el Señor. Y nos hacemos con el Señor cuando lo comulgamos, cuando lo metemos dentro de nuestro corazón, cuando lo hacemos nuestro.

Por eso, yo le pediría a la Virgen santísima, que fue cómplice de las escondidas de Jesús, que nos ayude a cada uno de nosotros -a todos los que estamos escuchando ahora este audio- para que lo encontremos a Jesús. Jesús que se ha escondido en la Eucaristía quiere que lo busquemos y quiere que lo encontremos. Está ahí realmente presente, hasta que nosotros demos ese pasito de ir a buscarlo, de arrodillarnos, de adorarlo y de comulgarlo. Que la Virgen proteja estos deseos.

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