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NOS JUGAMOS MUCHO EN ESTO

como ser buenos abuelos

EL CORAZÓN COMPASIVO DE JESÚS

Es muy probable que no sea el primer audio de 10 Minutos con Jesús que escuchas. Pero, aunque no fuese así y estás haciendo un ratito de oración diaria, te pasará lo que nos ha pasado a todos: cada vez es más fácil hablar con Jesús. Porque lo conocemos, porque nos hemos metido muchas veces en los pasajes del Evangelio, porque lo hemos visto caminar con sus apóstoles, porque lo hemos visto curar enfermos, porque lo hemos visto aconsejar, lo hemos visto reprender, advertir…

Y conocemos cómo es Él, de algún modo conocemos su corazón a través de las escenas del Evangelio. Por lo tanto, pasa como pasa en la amistad humana.

Piensa tú ahora en uno de tus mejores amigos. ¿No es verdad que la conversación fluye muy fácil? Porque tienen anécdotas en común, porque hay bromas que entre ustedes las entienden muy bien y se divierten mutuamente, y conocen las familias el uno del otro, etcétera.

Igual con Jesús. Por eso nos es tan familiar, tan cercana a nosotros, tan lógica, la reacción de Jesús en el Evangelio de hoy, tomada del capítulo 13 de san Lucas.

“Un sábado (es decir, un día de guardar para el pueblo elegido, para los judíos) enseñaba Jesús en una sinagoga, y había una mujer que desde hacía dieciocho años estaba enferma por causa de un espíritu, y estaba encorvada, sin poderse enderezar de ningún modo” (Lc 13, 10-11).

Dieciocho años. ¿Te imaginas? Dieciocho años enferma esta pobre mujer de esta manera. La verdad es que qué dura debe ser la vida con esta enfermedad. Estando encorvada es muy difícil caminar; para esta mujer sería muy difícil trabajar, incluso descansar y relacionarse con los demás.

Es posible que esta pobre mujer, que hasta ese momento no nos consta que estuviera buscando a Jesús, simplemente estaba allí, es posible que ni siquiera le habría visto el rostro todavía a Jesús, porque estaba así encorvada, sin poderse enderezar.

Y claro, Jesús, que nada de lo nuestro le es indiferente, mucho menos el sufrimiento, reacciona. Está en otra cosa, está enseñando; no está en ese momento curando enfermos, pero se compadece de esta pobre mujer, porque así es el corazón de nuestro Señor, un corazón sensible. Por eso la llama.

Fíjate cuántas veces, te acordarás en el Evangelio, es al revés:

“Jesús, eres tú llamado por aquellos que quieren que los cures, por aquellos que quieren que vayas a su casa para curar a quien está enfermo en su hogar. No es ese el caso. Es Él -tu Jesús- el que la llamas”.

Y le dijo: “Mujer, quedas libre de tu enfermedad. Le impuso las manos y en seguida se puso derecha y glorificaba a Dios” (Lc 13, 12-13).

El relato evangélico es sumamente escueto, muy sencillo, pero sorprendente. Una mujer de dieciocho años encorvada de pronto se yergue, como si hubiera estado perfectamente sana. Se puso derecha. Y claro, brota del corazón agradecido de esta mujer la gloria a Dios.

LA CARIDAD ESTÁ POR ENCIMA DE CUALQUIER PRECEPTO

Y ¿qué ocurre después? Bueno, como muchas veces en el Evangelio, cual si fueran los malos de la historia, el jefe de la sinagoga, indignado porque Jesús había curado en sábado, se puso a decirle a la gente -fíjate, a la gente:

“Hay seis días para trabajar; vengan por eso, que los curen en esos días y no en sábado” (Lc 13, 14).

Claro que respeto férreo que tenía por el sábado y le parecía una afrenta a la ley de Moisés el no cuidar el sábado. Pero está claro la mala intención de este hombre al intentar hacer quedar mal a Jesús. No se dirige a Él, que es quien ha obrado el milagro, sino a la gente reprochándoles, increpándoles.

Y una vez más, Jesús no se queda callado.

“El Señor respondió y dijo: Hipócritas, ¿cualquiera de ustedes no desata en sábado su buey o su burro del pesebre y los lleva a abrevar -es decir, a beber? Y a ésta, que es hija de Abraham y que Satanás ha tenido atada dieciocho años, ¿no era necesario soltarla de esa ligadura en día de sábado? Al decir estas palabras, sus enemigos quedaron abochornados y toda la gente se alegraba por todas las maravillas que hacía”

(Lc 13, 15-17).

La actitud de Jesús es muy clara: Él siempre está del lado de los que sufren, de los que padecen. Y por eso increpa de ese modo tan duro -¡hipócritas!- a aquellos que lo criticaban.

Con esta respuesta Jesús pretende aclararles que no está equivocado. No ha hecho ningún mal curando en sábado. Es el corazón endurecido de los que critican el que debe convertirse.

NOS JUGAMOS MUCHO

“Y para nosotros, Señor, qué bien nos viene que nos recuerdes la importancia de la caridad”. La caridad con los demás es superior a cualquier otra cosa, está por encima de cualquier precepto.

Lo cierto es que tenemos una gran capacidad de buscarnos excusas para a veces no vivir a fondo la caridad con los demás. Cuántas veces quizá que hemos tenido ocasión de ayudar en casa, de hacer un favor a un amigo, de ofrecerme para alguna labor social, alguna actividad de la parroquia, alguna iniciativa en favor de los necesitados, una visita a pobres…

Siempre que busquemos encontraremos cosas importantísimas para hacer y con gran facilidad. Por eso dejamos de hacer lo que el Señor nos pide. Ser misericordiosos, tener un corazón como el suyo, que no se desentienda de la necesidad de los demás. Jesús fíjate, estaba enseñando, estaba haciendo algo importante, pero no por eso se desentiende del sufrimiento de esta mujer.

Y por eso te aconsejo: no tengas nunca innegociables cuando se trate de hacer el bien. Efectivamente, tienes clases en el colegio, en la universidad; tienes que invertir el tiempo en tus estudios, tienes que descansar también en el verano, porque el año académico seguramente que es intenso o tu trabajo. Pero nunca le cierres la puerta a que alguien te pida algo, algo de tu tiempo, algo de tu atención… Te pide un poco de cariño, te pide incluso cosas materiales y son necesarias.

Mira que aquí nos jugamos mucho porque si, como hemos dicho, es una característica tan marcada del Corazón de Jesús, un corazón misericordioso y compasivo, en la caridad, en la ayuda de los demás, nos jugamos mucho cuánto nos parecemos a Jesús.

Vamos a pedirle a nuestra Madre Santísima. “Madre nuestra, ayúdanos. Consíguenos de Dios esa caridad que necesitamos poner en el trato con los demás. Y recuérdanos siempre Madre nuestra, que si elegimos a Dios, que si optamos por la caridad, que si nos olvidamos de nosotros para hacer el bien y ayudar al prójimo, no nos equivocaremos nunca porque seguiremos la ruta que va directo al Corazón de Cristo”.

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