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MRS. MARCH

semilla

Mañana sábado es “movie night” y tenemos una sorpresa, porque vamos a ver la película de “Mujercitas” que queríamos ver desde hace ya algunas semanas.

Pero alguien sugirió posponerla a finales de mes para que pudiéramos leer el libro y tener esa experiencia única de ver la película después de haber leído el libro.

De tal forma que uno puede ir viendo cómo los actores representan a los personajes y cómo alguna escena del libro que, especialmente te llamó la atención, la representan en la pantalla.

En esta historia (que estoy leyendo todavía, no la termino.  Espero terminarla para mañana, voy muy bien, hay muchas posibilidades de que sí lo termine) hay una escena que me vino a la mente después de leer el Evangelio del día de hoy.

LA PARÁBOLA DEL SEMBRADOR

La explicación que hace Jesús de la parábola del sembrador.

“Lo sembrado entre los espinos representa a aquel que oye la palabra, pero las preocupaciones de la vida y la seducción de las riquezas la sofocan y queda sin fruto”

(Mt 13, 22).

Es una pena que la semilla quede sin fruto.  La semilla que ha creado Dios con tanta maestría, con tanta perfección.

Seguramente, te has puesto a pensar alguna vez, al mirar una semilla: ahí adentro está el árbol; ahí adentro está contenido un árbol maravilloso que solo necesita que se siembre y que se le cuide para que pueda dar ese fruto.

LA SEMILLA ES LA PALABRA DE DIOS

Pero no todas las semillas dan fruto.  ¿Por qué? Porque algunas caen entre los espinos.

La semilla es la palabra de Dios que tiene que dar un fruto sobrenatural, un fruto hermosísimo.  Y Dios, que es el que siembra, Dios mismo que es la semilla, Dios mismo que es el que nos comparte su vida, quiere de verdad que haya fruto en nosotros.

Pero puede que no lo haya por esa preocupación, por esa seducción de las riquezas.

MUJERCITAS

La señora March tenía cuatro hijas.  La más grande, Meg, tenía 16 años; la siguiente, Josephine -Jo le decían- tenía 14, me parece y así, hacia abajo.

A Meg le gustaban mucho los vestidos, los guantes, los sombreros, como a toda mujer, pero a ella le gustaban especialmente.  Tanto le gustaban que, a veces, perdía la paz porque eran pobres y no tenía todos los sombreros, los vestidos y los guantes que quería.

No eran tan pobres.  No les faltaba nada.  No les faltaba comida, no les faltaba techo, no les faltaba ropa… suficiente. Pero Meg quería más.  Sus hermanas también sabían de estas cosas y les gustaba, pero no tanto como a Meg.  Ella era especialmente “vanidosilla”, podríamos pensar.

LA FAMILIA MOFFAT

En una ocasión, fue invitada a pasar unos días con una amiga suya: Annie Moffat, que era una niña rica.  Su mamá dudó en darle permiso.  La señora March dijo: no le vendrá bien a Meg estar en un ambiente tan exquisito (porque sabía que a su hija le gustaban tanto esas cosas y podría sentir cierto complejo, cierta tristeza).

Pero, a fin de cuentas, Meg había trabajado duro los meses anteriores y se merecía un descanso, así que la dejó ir.

Fue y estuvo muy contenta disfrutando con sus amigas, pero, de repente, sí le daba un poquillo de envidia, un poco de tristeza y se quejaba después de que ella no tenía tantas cosas como sus amigas.

MEG ERA GUAPA

Tenía muchísimas virtudes -igual que sus hermanas- y que su mamá procuraba educar.  Ella hablaba mucho con sus hijas y hablaban de sus defectos, de sus virtudes y, con mucha capacidad pedagógica, la mamá les daba libertad y dejaba que se equivocaran y luego las corregía con mucho cariño.

Hablaba mucho con ellas y eso les ayudaba a darse cuenta de cómo tenían que mejorar y sacar propósitos.

En estos días que estuvo Meg con su amiga, Annie Moffat y su familia, sucedió que hubo varias fiestas.  A una de ellas invitaron al joven Laurie.  Él era vecino de las señoritas March y era un joven rico que era muy amigo de la familia March.

Así que la mamá de Annie, de la amiga de Meg, al saber que era tan amigo de la familia dijo: seguramente, la mamá tiene algún plan y quiere casar a una de sus hijas con este joven, de tal forma que queden bien colocadas.

Ese comentario lo oyó Meg y le dolió mucho, la hirió y se enojó muchísimo y tuvo que retirarse un poco para recuperar la compostura y fingir que no pasaba nada; se guardó el comentario.

EL PLAN DE LA MADRE DE MEG

Cuando volvió a su casa, lo platicó con su mamá.  La hermana mayor, Jo, también escuchó (porque estaba ahí en esa conversación) y la mamá les explicó a las niñas que, efectivamente, ella tenía planes para sus hijas.

“Mamá, ¿tienes algún plan para nosotras, como dice la señora Moffat? Inquirió Meg con timidez.

Sí querida, tengo muchos planes -como todas las madres- pero me temo que no son los que cree la señora Moffat. Te desvelaré algunos, porque creo que va siendo hora de poner un poquito de sensatez en esa romántica cabecita tuya y en tu corazón”.

Y CONTINÚA UN POCO MÁS ADELANTE

“Quiero que mis hijas sean hermosas, buenas y educadas. Que las admiren, aprecien y respeten. Que tengan una juventud dichosa.  Que se casen con un buen hombre.  Que lleven una existencia útil y feliz y que Dios les ahorre penas y preocupaciones.

Lo mejor que le puede ocurrir a una mujer, es encontrar a un buen hombre que la ame y la elija.  Y confío en que mis hijas conozcan esa dicha.

Meg, es normal que pienses en ello, tienes derecho a albergar esperanzas y a desearlo, pero debes prepararte para que, cuando ese momento afortunado llegue, sepas cumplir con tus obligaciones y disfrutes de la experiencia.

Queridas niñas, tengo planes ambiciosos para ustedes, pero no tienen que ver con que lleguen a tener un puesto importante y se casen con un hombre rico por el mero hecho de serlo o porque tenga una casa estupenda.  Sobre todo, si en esa casa falta el amor y no es un verdadero hogar.

El dinero es un bien necesario y valioso y, si se hace buen uso de él, se convierte en algo noble, pero no quiero que crean que es lo más importante o aquello a lo que deben aspirar.

Prefiero verlas convertidas en esposas de hombres pobres, pero felices, amadas y satisfechas, a que sean reinas en su trono, carentes de respeto y de paz”

(Louisa May Alcott. Mujercitas. 1868).

Y continúa dándoles consejos y explicándoles lo que es valioso.

DIOS QUIERE QUE DEMOS FRUTO


¡Qué maravilla tener una mamá así que te cuida, que te educa, que te dirige! Nosotros tenemos a Dios que quiere que demos fruto.

Dice san Josemaría en un punto de Camino, hablando de la presencia de Dios:

“Dios está como un Padre amoroso.  A cada uno de nosotros nos quiere más que todas las madres del mundo pueden querer a sus hijos”

(Camino, 267).

DIOS NOS QUIERE MUCHÍSIMO

Así está Dios, nos quiere muchísimo y quiere que demos fruto.  Quiere que no nos mal logremos y que seamos felices y que esa semilla no quede sofocada por las preocupaciones de la vida y la seducción de las riquezas.

La Virgen también es nuestra Madre que nos quiere y nos dirige.  Nos quiere más que la señora March quería a sus hijas y nos aconseja y quiere hablar con nosotros y explicarnos las cosas.

Madre mía, ayúdanos a darnos cuenta de que somos hijos de Dios; de que somos hijos tuyos y de que tenemos esta gran ayuda de la gracia para que esa semilla dé abundante fruto en nosotros.

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