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MAMÁS SANTAS

MAMÁS SANTAS
LA BENDICIÓN QUE SON LAS MAMÁS

Seguramente empezamos el día saludando, felicitando, o dando gracias al Señor por la mamá. ¡Qué bendición son las mamás! Quizás empezamos el día así, quizás con algún mensaje o llamando por teléfono a la mamá, o dirigiendo una oración al Señor -mejor todavía.

Ahora también podemos aprovechar estos 10 minutos con Jesús -con Jesús, con la Virgen, con san José, con nuestro ángel de la guarda, y podemos seguir invitando gente. Bueno, pero podemos aprovechar estos minutos para decirle ahora al Señor: “Señor, gracias por esta bendición que es mi mamá”.

Cada uno de nosotros puede rezar así, pensando en nuestra mamá de aquí de la tierra, nuestra mamá; también en la Virgen María. Aprovechemos de pedir por ellas.

Cada uno de nosotros tiene una mamá y qué bueno es felicitarla, qué bueno es tener algún gesto de cariño, algún saludo, pero sobre todo la oración. Y luego también, aprovechando que somos tantos y tantos, pidamos también por las que son mamás de los que hacemos la oración con 10 minutos con Jesús. Por aquellas que son mamás, para que sean santas siendo mamás.

REZAR PARA QUE LAS MAMÁS SEAN SANTAS

Te acuerdas cuando hay un momento en que le echan piropos a la Virgen en presencia de Jesús, y cómo Jesús dirige la atención hacia, digamos, el hecho personal, biológico si uno quiere, de la maternidad, de la filiación. Y cómo el Señor va más allá, dirige la atención al interior, al corazón de la Virgen, a la respuesta de fe de la Virgen.

Es verdad que es dichosa por ser la mamá de Jesús, porque es de la que nació Jesús. Por supuesto que sí. Pero Jesús dice, más alegre todavía, más dichosa todavía, más santa todavía: por su vida interior, por su santidad, por su unión con Dios.

Bueno, eso es lo que podemos pedir también para nuestra propia mamá, cada uno de nosotros, y por aquellas que son mamás de todos los que hacemos la oración con 10 minutos con Jesús.

Pidamos para que sean santas siendo mamás. Para que sean mamás santas de santos. Hay que aprovechar este rato así de oración.

LA ORACIÓN COMO EXPRESIÓN DE FE

El otro día decía el Papa, ahora que empezó como un ciclo de sus catequesis en las audiencias de los miércoles -habiendo terminado con las Bienaventuranzas-, ahora el Papa empezó un ciclo sobre la oración.

Y el Papa decía el otro día, quizás le hemos dado alguna vuelta seguramente estos días, pero el Papa decía esto: “La oración es el alimento de la fe y también su expresión. Es como un grito que sale del corazón del que cree y espera solo en Dios” (S.S. Francisco, 6-V-2020).

Luego el Papa habla de aquel ciego que llama a Jesús, que lo llama y que le grita. Pues, cómo la oración tantas veces es así también: es levantar el corazón.

Te acuerdas de esto en la Santa Misa, cuando el sacerdote dice: “Levantemos el corazón, y se responde: “Lo tenemos levantado hacia el Señor”.

Y el sacerdote, por decirlo así, como que sigue: “Demos gracias al Señor, nuestro Dios”, y la gente como con más entusiasmo: “Es justo y necesario”.

Y viene el sacerdote y: “Es verdad, es justo y necesario darte gracias siempre y en todo lugar, Señor”, (… ) El prefacio, el inicio de la Plegaria Eucarística.

Levantemos el corazón, ahora, estos minutos que tenemos, por las mamás, por nuestras mamás, la de cada uno.

PEDIR EL ESPÍRITU SANTO

Pero seguramente tenemos tantas cosas qué preguntarle, qué decirle, qué pedirle al Señor… Seguramente estaremos, quizás ya apuntando hacia fin de mes, cuando tenemos Pentecostés. Podemos comenzar ya, ahora, porque es una petición, una oración muy bonita decirle: “Señor, envíanos tu Espíritu. Señor, yo quiero lo que Tú quieras”.

Y esto es algo que enciende en nosotros el Espíritu Santo. Esta afinidad, esta sintonía, este cariño, amor, por las cosas del Señor, por las cosas de Dios; eso es la presencia ya en nosotros, es un encenderse, es una luz, es un cariño.

La sintonía que da el cariño, el amor de Dios a nosotros, el Espíritu Santo. Pero hay que pedirlo más: “Señor, envíanos tu Espíritu”. O decirle, dirigirnos a Él: “Ven Espíritu Santo. Quiero lo que quieres, pero lo quiero querer más”.

LOS CEREZOS EN FLOR

Preparando la meditación me acordé de una persona que cuenta, de las primeras mujeres del Opus Dei que partieron a Japón. Lo cuentan en un librito muy simpático, te lo recomiendo se llama “Los cerezos en flor”, tiene muchos testimonios, ideas de las que fueron para allá a comenzar la labor apostólica, y también de los primeros que fueron conociendo la obra en Japón, los japoneses.

Bueno, y una contaba esto, cuando iban saliendo y estuvieron con san Josemaría, ella cuenta: “Nos arrodillamos para la bendición de viaje. Alzó las manos, nos bendijo y luego, como un padre lleno de satisfacción por sus hijas, nos dijo: —Estoy orgulloso de vosotras, de todas… ¡de cada una!”.

El cariño con que lo decía era bien potente, bien notable, era cruzar el planeta, ¡imagínate tú!

Y cuenta ésta: “Por lo que a mí se refería, me daba vergüenza oírle decir aquello; pero me alegré por la confianza que tenía en Dios y en nosotras”.

Sigue contando: “Y se fue rápidamente. Más tarde Encarnita Ortega les explicó el motivo: no quería que le viéramos con lágrimas en los ojos”. Estaba emocionado san Josemaría.

Fíjate, cómo tantas veces ha ocurrido en la historia de la Iglesia, cómo está ocurriendo y seguirá ocurriendo, gracias a Dios, esta expansión de cariño, de evangelización, y de cómo el Señor nos manda.

Me acordaba de esta escena, que la leí hace algún tiempo, porque qué bonita escena, qué grande el corazón de san Josemaría, qué lanzado, qué jugadas también éstas de salir de ahí de los países donde andaba, no sé, en España, en Italia, y cruzar el planeta y partir a Japón a comenzar.

Y este abrirles el corazón de san Josemaría, este “estoy orgulloso de vosotras, de todas, de cada una”. El corazón grande de san Josemaría, un corazón de padre en verdad.

ABRIR EL CORAZÓN PARA CONOCER MÁS A JESÚS

Bueno, me acordaba de esto preparando la meditación del día porque en el Evangelio de hoy día hay otra escena, de san Juan en el capítulo 14, y es Jesús abriendo su corazón, hablándonos muy a fondo.

En Chile por lo menos se canta mucho una canción al Sagrado Corazón de Jesús, usando estas palabras del Señor en la Última Cena.

Cuenta san Juan:

“Dijo Jesús a sus discípulos: —No se turbe su corazón. Crean en Dios, crean también en mí. En la casa de mi Padre hay muchas moradas; si no se lo habría dicho, porque me voy a prepararles un lugar.

 Cuando vaya y les prepare un lugar, volveré y los llevaré conmigo para que donde yo estoy, estén también ustedes. Y donde yo voy ya saben el camino”

(Jn 14, 1-4).

De ahí viene ese diálogo:

“Tomás le dice: Señor, no sabemos dónde vas, ¿cómo podemos saber el camino?”

(Jn 14, 5).

Y Jesús, seguramente sonriendo, con fuerza:

“Yo soy el camino, y la verdad y la vida. Nadie va al Padre sino por mí. Si me conocieran a mí conocerán también a mi Padre”

(Jn 14, 6-7).

Y claro que lo conocían. “Y claro que te conocemos, Señor”. Pero Jesús estaba pidiéndole: —Oye, un paso más; si me conocieras más a fondo”. Mira, abre los ojos con la ayuda del Espíritu Santo en verdad. Fíjate cómo el Señor abre el corazón, y habla con una garra, y un cariño.

Pidámosle esto, pidámosle por las mamás, pidámosle por nosotros para que tengamos un corazón grande, grande, como el corazón de Jesús.

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