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LA VIDA ES UN CICLO

LA VIDA ES UN CICLO

LA HISTORIA INTERMINABLE

Hoy estamos en el último día del Tiempo Ordinario, y también es el último día del calendario litúrgico, que evidentemente, no coincide con el calendario solar.

Mañana vamos a comenzar el ciclo A del calendario litúrgico nuevo, con este primer domingo del Tiempo de Adviento. Y nuevamente nos vamos a preparar con este tiempo, para la llegada de la Navidad.

Es un nuevo ciclo, es otro Adviento, otra Navidad, otro calendario litúrgico nuevo. Y empezamos de nuevo. Y bueno, es que la vida en realidad está hecha de muchos “empezar de nuevo”. Está hecha de muchísimas repeticiones.

Y desde tiempos antiquísimos, las civilizaciones han empleado una imagen para expresar este comenzar y recomenzar, que es propio de la vida.

Esta imagen a la que me refiero se llama “Uróboro”, y consiste en una serpiente, aunque a veces aparece representada como un dragón.

Pero el hecho es que es una serpiente que describe una trayectoria circular, y acaba muriendo con su propia cola.

Es una imagen, que para los entendidos en el tema, es parecida a la que encontramos en ese clásico de la literatura -ya es un clásico, me parece a mí-, de Michael Ende, “La Historia Interminable”, pero esa imagen del libro, tiene dos serpientes, en cambio, el Uróboro tradicionalmente tiene una sola.

El caso es que ésta imagen del Uróboro, una serpiente que se muerde su propia cola, refleja precisamente lo que estamos considerando ahora: que la vida está llena de repeticiones, de comienzos, de ciclos.

Pero el Uróboro tiene a veces un matiz, vamos a decir, negativo: es el eterno retorno, en el esfuerzo inútil, en el recomenzar con ese esfuerzo una y otra vez, pero en vano. Es la repetición, pero como castigo.

Y para alguien que tiene esta fe nuestra, la repetición en el esfuerzo, no siempre es un castigo, aunque a los demás sí les pueda parecer que sí.

EMPEZAR DE NUEVO

También, había en la mitología griega, una historia conocida que hablaba de esta repetición como castigo, es el relato de Sísifo.

Esa historia tiene muchísimas variantes, y como suele suceder también en la mitología griega, no tiene una sola versión, tiene varias.

Pero lo que nos interesa es, que todas esas versiones, tienen en común que el castigo al que fue sometido Sísifo por los dioses, era una tarea absurda.

Resulta que Sísifo, fue obligado por los dioses a empujar una pesadísima roca colina arriba. Y ya cuando estaba a punto de llegar a la cima, esa roca caía ladera abajo, y Sísifo debía empezar de nuevo su penosa tarea.

Y así, una y mil veces… Esa es la condena de toda su vida. Ese es el relato de la repetición como castigo. En especial, en este caso concreto de la repetición de una tarea absurda.

Pero el cristiano sabe que, incluso al hacer las mismas cosas un día y otro, sin aparente novedad, sin ningún reconocimiento humano, pues más que un castigo, puede ser ocasión de encontrar una cierta felicidad que está allí escondida. Porque Dios se esconde precisamente, detrás de esos actos si los hacemos por amor a Él.

“Por eso ayúdanos, Señor Jesús, a encontrarte detrás de esas cosas pequeñas, de las cosas mínimas de la vida. Que no perdamos esa capacidad de asombro ante lo cotidiano, porque allí, te escondes, porque allí nos esperas”.

Y además, que nuestras prácticas de piedad en los sacramentos, en la oración, en la mortificación generosa, vivamos esa constancia de un corazón que late al compás de su amor por Ti.

Y por eso no tiene gran problema en la repetición, que no nos mueva solamente el afán de novedad o el afán del reconocimiento o el de la vanagloria.

MÍSTICA HOJALATERA

San Josemaría nos advertía contra la ‘mística hojalatera’. Así le solía llamar: ‘la mística hojalatera’, que está hecha de ensueños vanos y de falsos idealismos: ¡Ojalá no me hubiera casado! ¡Ojalá no tuviera esta profesión! ¡Ojalá tuviera más salud o menos años o más tiempo!…

Esa es la mística hojalatería, que en el fondo es como si ese ‘ojalá’ nos diera alas para volar, unas alas como las de Ícaro, pero unas alas para escapar de ese laberinto de la vida repetitiva. Como una especie de laberinto en la repetición que nos desespera.

Pero el ojalá, tiene las alas de cera como las de Ícaro. Y para un cristiano, el laberinto de la repetición no siempre, no necesariamente es un castigo en el que se encuentra ese terrible minotauro, sino que puede y debe ser, ocasión para el encuentro con Dios.

Por eso creo que podemos aprovechar este rato de oración Contigo, Jesús, y preguntarnos con sinceridad si las cosas que se repiten tantas veces en nuestra vida, me están alejando o me están acercando a Ti…

Porque bueno, es verdad que no toda repetición en la vida es buena. Al hacer un mínimo de examen, podemos darnos cuenta de que si por ejemplo, llevamos una temporada larga acusándonos en la confesión de las mismas cosas, puede ser que en realidad tengamos un pacto con esos pecados o con esas faltas.

Y en este caso, la repetición evidentemente, es una cosa mala porque es como una especie de letargo en el que nos vamos sometiendo, que nos va alejando de Dios.

O bueno, capaz no terminamos de contar con esa Gracia de Dios para ayudarnos a salir de ese círculo vicioso.

También podemos revisar si hay cosas buenas que se pueden repetir en mi vida. Y capaz ya me acostumbré y por eso no las valoro como debería.

EXÁMEN DE CONCIENCIA

¡Cuántos milagros! ¡Cuántos favores de Dios doy ya por descontado! Y es precisamente porque se repiten cada día.

Para empezar, el don de la vida que hemos considerado en otras meditaciones, ¿o qué hábitos me pide el Señor para mí, y que todavía no me he decidido a empezar a adquirirlos?…

A no abandonar mi vida de oración diaria con hora y duración fija… El hábito de servir a los demás con alegría y desinterés…. Al hábito de decir que no, a lo que me provoca en ese momento, aunque de hecho no sea pecado… El hábito de decirnos que no, que Dios nos pide que tengamos ….

Y preguntarnos, Señor: ¿será que yo te puedo ofrecer este pequeño sacrificio? O al hábito de preguntarte, Señor: ¿cómo puedo encontrarte en este momento con lo que tengo entre manos?

La vida, como hemos considerado ya, está llena de ciclos como el Uróboro: como una rueda que gira y nos lleva de un lado a otro.

Y por eso vale la pena preguntarnos de vez en cuando: ¿Será que estos ciclos nos están llevando a donde queremos?, o mejor dicho, ¿a dónde Dios quiere que lleguemos?…

El uno no tiene principio ni fin. Pero esta vida nuestra tuvo un inicio y tendrá un fin cuando Dios tenga mejor previsto. Y mientras esta rueda siga girando, aún tenemos tiempo para corregir el rumbo, para conducir libremente esta vida con ayuda de Dios hacia donde Él quiere que lleguemos.

Llega un momento en que esta rueda se detendrá. Ese momento lo sabrá Dios solamente, y tendremos que subirnos a otra rueda, pero esa rueda sí que es parecida al Uróboro, en el sentido de que girará para la eternidad.

DIRIGIRNOS A DIOS

Pues aún tenemos tiempo de elegir la eternidad que Dios nos tiene preparada junto a Él en el Cielo.

Porque nuestra vida, no es un absurdo. No es un absurdo como la vida de Sísifo. Nuestra existencia no está girando en el vacío.

Nuestra vida está hecha para Dios. Y así, hasta lo más rutinario, lo más pequeño, lo más intrascendente, incluso aunque se repita exactamente igual cada día, un día tras otro, pues eso, lo podemos dirigir a Dios, para que también eso nos conduzca a Dios.

Ahora terminamos este año litúrgico de nuevo, y mañana empezamos el Tiempo de Adviento. ¡Empieza un nuevo ciclo litúrgico!

Y le pedimos a nuestra Madre, que en este nuevo ciclo que estamos por empezar, lo recorramos siempre de su mano.

De hecho, lo empezaremos del mejor modo posible que es con el primer domingo de Adviento que empieza mañana.

Ese domingo, ese tiempo de Adviento en el que acompañaremos a María y a José en la espera de nuestra redención.

Y por eso, yo considero que es el mejor modo de empezar el año litúrgico.

Se lo pedimos. Madre nuestra: ayúdanos si hace falta, a romper con esos automatismos en los que llevamos tiempo. Automatismos que nos separen de tu Hijo, y ayúdanos a su vez, Madre nuestra, a asumir ya ciertos automatismos, esos que nos acerquen a Dios.

Automatismos en la vida de piedad, en la vida sacramental y en la vida de la caridad, en tantos detalles que nos hacen más fácil ese caminar hacia donde Dios quiere que lleguemos.

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