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LA PRESENTACIÓN DEL NIÑO

LA PRESENTACION DEL NIÑO
SENCILLEZ DE MARÍA

En la mañana del día 20 de marzo de 1811, resulta que 101 cañonazos disparados desde los inválidos anunciaban a París una gran noticia; en el palacio de las Tullerías acababa de nacer el hijo de Napoleón.

Cuando muriera su padre él tendría que heredar el título de emperador de los franceses, aunque para mientras se iba a tener que conformar con ser solo el rey de Roma.

Jesús,  como nos gusta a los hombres hacer ruido, llamar la atención y ¡qué contraste con el actuar silencioso de Dios!, “con Tu actuar Jesús, naciste y no se disparó un solo cañonazo”:

“Niño Jesús tienes ahora 40 días de nacido y te acercas al templo de Jerusalén en brazos de tu madre, silencioso entre todo el mar de gente, nadie te conoce, nadie puede imaginar que José y María, estos dos israelitas jóvenes vestidos con sencillez, llevan en brazos al redentor del mundo”.  

LA PURIFICACION DE MARIA

Los llevaron a Jerusalén, dice el evangelio, para presentarlo al Señor como está mandado en la ley del Señor:

<Todo varón primogénito será consagrado al Señor y para presentar como ofrenda un par de tórtolas o dos pichones según lo mandado en la ley del Señor”.  <(Lucas 2:23)

Son dos prescripciones de la ley mosaica las que cumplen; la purificación de la madre es una y la presentación y rescate a través de un pago en la ofrenda del primogénito.

Según la escritura cuando una mujer daba a luz quedaba impura y cuando el hijo era varón, el tiempo de la impureza era de 40 días. Cumplido ese tiempo tenía lugar el rito de purificación, por eso van al templo.

Pero hay que verlos entrar al templo, tan normales, el actuar silencioso de Dios, “Tú: Jesús, que te deslizas en la historia de los hombres sin reclamar honores, ningún cañonazo”, “nada”.

Tú y yo que estábamos dando vueltas por el atrio del templo lo vemos y la escena nos conmueve, nos alegra y nos golpea en el alma. Conmueve verlos porque se nota que se quieren, el corazón se alegra porque se llena de Dios. Pero hay algo que golpea en el alma, al menos la mía, y es la humildad de los tres, humildad de Jesús, humildad de Maria, humildad de José.

HUMILDAD DE JESÚS, JOSÉ Y MARÍA 

Humildad de Jesús; Jesús no quiere excepciones, lo suyo es lo ordinario como cualquier otro, pero “es Dios”, es el “autor de la ley”,  “el verdadero sacerdote”.

Uno se pone a pensar y no necesita ser consagrado al Señor porque “ Él es el Señor”, no necesita pagar un rescate, “su rescate”, porque precisamente ha bajado a la tierra para pagar “nuestro rescate”. ¡Qué lecciones me das Jesús sin abrir la boca!, “quiero aprender, ayúdame  a aprender.”

Humildad de María”, porque la Virgen es inmaculada, toda pura, limpia, sin mancha, pero va al templo a purificarse. 

Escribía san Josemaría contemplando esta escena:

“Purificarse”; “tú y yo sí que necesitamos purificación expiar y por encima de la expiación el amor, un amor que sea cauterio que abrase la roña de nuestra alma y fuego que encienda con llamas divinas la miseria de nuestro corazón

(San Josemaría, Surco 258)

“Quiero aprender de tu humildad Madre mía, darme cuenta que yo no puedo nada, que necesito acudir a Dios, a Ese que llevas entre tus brazos, porque “a mí sí que me urge purificarme”, quemar todo lo que me aleja de Él, ¡ayúdame!”

LA HUMILDAD DE JOSÉ

Y “Humildad de José”.  San José se tiene que conformar con pagar lo que puede, que además es lo mínimo, para presentar en el templo al que es “Señor del templo”.

Las tórtolas eran el pago de los pobres, pero José no se siente de menos, no pierde ese talante, esa elegancia de quien es descendiente del rey David. Es más, es tal su atractivo que nos acercamos a saludarles y a José le ofrecemos nuestra ayuda, nos saluda con una gran sonrisa y resulta que tenemos suerte, nos deja llevar a nosotros la jaula de las tórtolas; “esas que son la ofrenda que hay que pagar por el rescate del niño”.

Y vamos caminando, llevamos la jaula, estamos contentos y pensamos; “yo pagaría lo que sea con tal de tener a Jesús y de repente nos damos cuenta que: “lo tenemos”, “que sí”, “que está allí a nuestro lado”, “en los brazos de María” y se nos vuelve a llenar el corazón de alegría. 

UN CORAZÓN HUMILDE

Esto es lo que llena el corazón, no el querer llamar la atención, no el querer sobresalir, por sobresalir, eso que a poca cosa buena que hacemos queremos que nos lo agradezcan, pensamos que no nos reconocen, que no nos tratan como me lo merezco, que no me ponen atención.

“Jesús”: enséñame lo que realmente llena el corazón, enséñame que no hace falta “incharme” de soberbia,  que la grandeza va por dentro, que tu gracia crece por dentro”. “Tú lo dijiste”;

“El que se humilla será ensalzado y el que se ensalce será humillado”. 

Y esto me lleva a acordarme, como hace unos años, me contaba un amigo sacerdote que una de sus hermanas se había tirado de paracaídas y él le preguntaba: “¿y cómo se siente?”,  y entonces ella le decía: “cuando vas cayendo y ves todo tan pequeño sentís que volás y te sentís el dueño del mundo”, “pero cuando giras la cabeza y ves el avión del que saltaste, te das cuenta que vas cayendo a toda velocidad”;  ¡pues esa es la soberbia!; uno se cree dueño del mundo, pero realmente el soberbio se hunde a toda velocidad;

El que se ensalce será humillado… pero el que se humilla será ensalzado”.

SIMEÓN Y ANA

Y resulta que Jesús entra humildemente en el templo y de repente se acerca un anciano que se llama Simeón y en un abrir y cerrar de ojos toma en sus brazos al niño y comienza a bendecir a Dios diciendo:

 “Ahora Señor puedes dejar a tu siervo irse en paz según tu palabra, porque mis ojos han visto tu salvación, la que has preparado ante la faz de todos los pueblos,  luz para iluminar a los gentiles y gloria de tu pueblo Israel”.

(Lc 2:29-35)

Y todos nos emocionamos, y más todavía cuando se acerca Ana, la profetisa, y también exulta y también habla maravillas del niño.  Y la verdad es que nosotros le pedimos también el niño a María y María nos lo presta, “¿tú qué le dices?” ¡Piensalo! “¿qué le dices?”.

San Josemaría decía: “cojo en mis brazos al niño y me quedo horas y horas diciéndole cosas dulces y encendidas y le besó… ¡bésale tú!, y le bailó y le canto y le llamó:  “Rey”, “Amor”, “mi Dios”, “mi Único”, “mi Todo”. — (San Josemaría, Santo Rosario, 3er misterio)</

LA FIESTA DE CANDELARIA

La verdad es que Jesús es un sol, que ilumina con su andar silencioso, con su deslizarse en la historia de los hombres “mi propia historia”, “mi propia vida”, a esta fiesta que se celebraba ya desde los primeros siglos; en algunos lugares le llaman la fiesta de Candelaria, porque era una fiesta en la que se bendecían y se hacía una procesión con unas velas o unas candelas, ¿por qué?

Bueno, porque Jesús viene para iluminar, “es la luz del mundo, viene para iluminar, para hacerte brillar a ti y a mí, para sacar tu mejor versión”, pero no a base de hincharte “soberbiamente”; sino a base de “humildad”; que no es “echarse tierra”, ni “pensar mal de uno mismo”; sino: “el conocimiento de mis miserias y de mis virtudes”, que me llevan a apoyarme en Él.

“Si te humillas, Él te ensalza, te toma entre sus brazos y te hace interiormente humanamente, saltar por los aires”. “¡Saca tu mejor versión!”;  “…el que se humilla será ensalzado y el que se ensalce será humillado”, pues  “Madre mía:  ¡dame lecciones de humildad!, para que tu hijo me tome entre sus brazos y me eleve, saque mi mejor versión.”

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