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LA LIEBRE Y LA VIUDA

Viuda
LA TORTUGA Y LA LIEBRE

Todos hemos escuchado de niños esa conocida fábula de Esopo, la de la tortuga y la liebre. Y ni falta que hace que la cuente otra vez, porque ya sabemos cómo termina, ya conocemos la moraleja, y al final es verdad que es difícil no alegrarse del éxito de la “pobre” tortuga, sobre todo ante esa arrogancia de la liebre que ya pensaba que lo había hecho todo, que ya lo que había hecho era suficiente.

Y ¡sorpresa! Ese que parecía ser el animal tonto, ese que estaba siguiendo una lógica que no era la lógica común, ese a quien a todos daban por perdedor, resulta siendo quien toma la decisión más inteligente. Y el resultado es evidente a todos, nos deja con la boca abierta.

Pues el Evangelio que la liturgia nos propone para el día de hoy, no es una fábula como la de Esopo, pero sí que se parece en algo. “Es una historia real que habría pasado desapercibida a los ojos de muchos, si Tu, Señor, no te hubieses fijado y no nos hubieses hecho ver las cosas como las ve Dios”.

LAS LIMOSNAS EN EL TEMPLO

“Estabas tú, Señor, como tantos otros días, predicando en el templo, hablando de ese estupendo panorama del Reino de los Cielos, y tus discípulos, naturalmente, estaban contigo”.

Y Tú, que tienes una vista ante la cual “no hay cosa creada que quede oculta, sino que todas las cosas están al descubierto y desnudas ante tus ojos” (cf. Hb 4, 13), viste cómo la gente iba echando dinero en el arca de las ofrendas.

La palabra que utiliza el Evangelio es muy poco común en español, es gazofilacio. El gazofilacio es básicamente una alcancía puesta para las ofrendas, es un término técnico.

Pues resulta que “muchos ricos echaban mucho” (Mc 12, 41). Iban, vamos a decir, sobrados, porque seguramente en su gran fortuna aquello que estaban echando era el sobrante. Era una cantidad suficiente para llamar la atención de los demás, pero tampoco tanto como para arruinarse. Como se suele decir, era una ofrenda que ni enriquece ni empobrece a nadie.

JESÚS VE A LA VIUDA DAR LIMOSNA

Pero Jesús, siendo verdadero Dios, verdadero hombre, lo ve todo. Y se fija más bien, en esa pobre viuda que se acerca al gazofilacio -a la alcancía-, y echa dos monedillas, que el Evangelio dice que son equivalentes a un cuadrante.

Un cuadrante -para enterarnos-, es la moneda de más baja denominación que circulaba por aquel entonces en el Imperio Romano. Tan bajo era su valor que ni siquiera tenía la imagen del emperador.

Este evangelio, pues tu y yo ya lo conocemos perfectamente, y sabes por qué te digo – ya entiendes por qué te digo- que se asemeja a esa fábula de Esopo.

LA VIUDA GENEROSA

Esta pobre viuda es tan inteligente como la tortuga. Ella ha conseguido adelantarse a tantas liebres que iban sobradas por la vida, hombres ricos que pensaban que ya habían hecho suficiente, que descansaban en una autocomplacencia, así como la liebre reposaba debajo de ese árbol, pensando que dando lo que les sobraba ya hacían demasiado.

Tú, Señor, quieres que en estos 10 minutos de oración contigo aprendamos también esta lección. Tú nos llamas aparte y nos dices con firmeza a nosotros, que hemos visto la escena, pero no le hemos dado importancia:

“En verdad les digo que esta viuda pobre ha echado en el arca de las ofrendas más que nadie”

(Mc 12, 43).

¡Vaya piropo que se lleva la pobre viuda! Nosotros quisiéramos que el Señor también hablara así de nosotros.

EL MEJOR NEGOCIO

Pues resulta -yo creo- que esta pobre viuda en realidad era una experta en negocios. Lo que pasa es que estaba disfrazada; capaz incluso tenía un MBA y no lo sabíamos. Y esto lo creo porque ella ha hecho el mejor negocio de todos. Y esto porque tenía una información privilegiada, y como sabemos, la información privilegiada al momento de hacer negocios; vale oro.

¿Cuál es esa información privilegiada que ella posee? Pues resulta que la conocemos nosotros perfectamente, pero ¡qué fácil se nos olvida! Esa información privilegiada que tenía la pobre viuda, es saber que Dios es el mejor pagador.

Por eso no le tiembla el pulso en ofrecerlo todo, en darlo todo, en ser generosa hasta el extremo. Ella sabe que, aunque humanamente hablando pueda parecer una locura, está haciendo negocios con el mejor pagador. Ella lo sabe, ella sabe que saldrá ganando y que va a salir ganando con creces.

DIOS NOS INVITA A OFRECERLE TODO

¿Por qué tú y yo no nos decidimos a hacer lo mismo? Además -vamos a ser sinceros-, en tu caso y en el mío, no es un tema de monedas ni de dinero. A Dios lo que le interesa es que le demos todo, que le ofrezcamos todo, como la viuda que “ha echado todo lo que tenía para vivir” (Mc 12, 44).

Cada día, tu y yo, la verdad es que, si somos honestos, podemos imitar a esta viuda y echar en el gazofilacio, en el arca de las ofrendas a Dios, nuestra generosidad en el tiempo.

No echemos “lo que nos sobra” o “cuando nos acordemos”. Vamos a ofrecerle los mejores momentos de nuestro día, por ejemplo, para hacer estos ratos de oración, tal vez para rezar el rosario, para hacer ese momento de lectura espiritual que sabemos que le hace tantísimo bien a nuestras almas, para hacer la lectura meditada del Evangelio.

Qué tal si le ofrecemos también en ese gazofilacio a Dios, el trabajo bien hecho, el estudio llevado con responsabilidad. Esa hora de clases que se hace tan pesada cuando ya entra el cansancio de ver tanto el monitor de la computadora. Ese trabajo que venimos retrasando porque no nos provoca hacerlo.

DIOS, EL MEJOR PAGADOR

Vamos a ser sinceros: si esto lo hacemos a medias, puede que muchas veces nadie se fije, nadie se dé cuenta. Pero Dios sí, y qué pena desperdiciar esa oportunidad de hacer negocios con el mejor pagador.

¿Cómo va esa lista de pequeñas mortificaciones diarias para ofrecerle a Dios? Pues ahí también vamos a encontrar pequeñas monedas que podamos echar en la alcancía.

Un dato curioso es que en 1936 se celebró en Londres un Congreso internacional de Numismática, donde esta gente que se reúne para mostrar las monedas antiguas raras, valiosas que han conseguido.

Y se presentaron monedas de todos los lugares y tiempos, entre ellas había una dracma -antes habíamos hablado de un cuadrante. Y resulta que un dracma es una moneda antigua de Grecia, que dicen que no valía en sí más de 50 centavos. Pues para entonces -estamos hablando de 1936-, había subido su valor al equivalente de diez mil dólares.

TODO LO QUE LE DAMOS A DIOS SUBE DE VALOR

Pues las cuentas no cuadran: ¿Cómo pasa de 50 centavos a diez mil dólares? Las cuentas no cuadran.

Pues algo sucede también cuando nosotros echamos en ese gazofilacio lo poco que tenemos: resulta que aquello, ante la mirada de Dios, sube muchísimo de valor.

Por eso vamos a entregarlo todo. ¿Qué tal si entregamos también ese servicio a los demás, esa sonrisa ante la persona que te incomoda, ese favor que hacemos sin ruido a quien le hace falta que le echemos una mano? Esa paciencia que se nos agota tan rápido…

Vamos a echarlo todo. Que muy buena es esa inversión de decirle a Dios: no quiero guardarme nada para mí, que todo lo que tengo es tuyo.

DIOS PAGA CON AMOR

Y así ojalá podamos decir con Santa Teresa y esperar con Santa Teresa: “Yo no he dado a Dios más que amor, y Él me va a pagar con amor”.

Pero vamos a pagar con amor concreto, generoso, constante, día a día; en ese día a día en el que Dios nos espera, en lo oculto, en lo aparentemente sin brillo. Y ya sabemos que

tu Padre que ve en lo oculto, te recompensará”

(cf. Mt 6, 6).

Un dato curioso es que cuando uno habla de limosna -en el Evangelio, la palabra limosna no sale explícitamente-, pero sí, claramente la gente está dando limosna en el templo.

La palabra limosna, al menos actualmente en muchos sitios, es un sinónimo de pequeñas cantidades, algo que se da pero en poco valor. La palabra proviene del griego, el “elemocyne”, que nada tiene que ver con las limosinas, pero significa piedad, compasión.

LA VERDADERA LIMOSNA

Pues resulta que, en el Evangelio de hoy, muchos fueron a dar su limosna en el templo. Pero solo esta pobre mujer volvió a casa, recibiendo ella una verdadera limosna, la limosna de Dios, que es la piedad, la compasión, el saber que Dios se fijó en ella con gran amor.

Esa mujer echó apenas dos cuadrantes en esa alcancía, pero regresó a su casa con una riqueza que sólo Dios puede ofrecer. La única capaz de satisfacer esas ansias de felicidad que tenemos en nuestros pobres corazones.

Pues vamos a imitar a esa pobre viuda que es, como hemos dicho, más inteligente que nosotros. Ella sí que sabe hacer negocios.  ¿Por qué no nos arriesgamos también tú y yo?

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