Icono del sitio Hablar con Jesús

LA ALEGRÍA MISIONERA

Alegría Misionera

la alegria misionera

Hoy leeremos el Evangelio de San Lucas en la Liturgia de la misa de hoy que nos cuenta que en aquel tiempo, comienza:

“los setenta y dos volvieron muy contentos y dijeron a Jesús: Señor, hasta los demonios se nos someten en tu nombre.  Él les contestó: veía a Satanás caer del cielo como un rayo.  Miren, les he dado potestad para pisotear serpientes y escorpiones y todo el ejército del enemigo y no les hará daño alguno.  Sin embargo, no estén alegres porque se les someten los espíritus, estén alegres porque sus nombres están inscritos en el cielo.

En aquel momento lleno de alegría del Espíritu Santo exclamó: Te doy gracias Padre, Señor del cielo y de la tierra porque has escondido estas cosas a los sabios y a los entendidos y las has revelado a la gente sencilla.  Sí, Padre, porque así te ha parecido bien.  Todo me lo ha entregado mi Padre y nadie conoce quién es el Hijo, sino el Padre, ni quién es el Padre sino el Hijo y aquel a quien el Hijo quiera revelarlo.

Y volviéndose hacia sus discípulos les dijo aparte: Dichosos los ojos que ven lo que ustedes ven porque les digo que muchos profetas y reyes desearon ver lo que ustedes ven y no lo vieron; y oír lo que ustedes oyen y no lo oyeron”

(Lc 10, 17-24)

Reflexión

Comienza este pasaje del Evangelio con la alegría de aquellos setenta y dos discípulos que el Señor envió a anunciar el Reino de los Cielos, iban por delante de Él.  Discípulos a los que el Señor les dio la fuerza para vencer al maligno.  Se ve cómo la alegría de evangelizar llena a aquellos primerísimos discípulos del Señor, una alegría misionera y la experimentaron aquellos setenta y dos que regresaron de su misión llenos de gozo.  Y después la vive el Señor, lleno de la alegría del Espíritu Santo, Su exclamación que acabamos de escuchar.

Se estremece de gozo, alaba al Padre porque su revelación alcanza a todos: a los pobres, a los pequeños; pero dice una frase maravillosa que es más importante a los ojos de Dios que hacer milagros, es mucho más importante es: cumplir en cada momento Su Voluntad Santísima.

Estemos alegres porque nuestros nombres están inscritos en el Cielo, porque ese es nuestro final, porque ganarse el cielo, está por encima de cualquier otro bien que nos pueda pasar en esta vida y para eso vamos tú y yo.  Ese es nuestro fin último, un fin último que nos ayuda a ordenar todos nuestros fines intermedios, todas las cosas que tenemos que hacer en esta vida, todos nuestros propósitos, nuestras ilusiones, ¡todo! todos nuestros amores, pues se ordenan a ese fin último que es el Cielo.

Porque o si no, pues pierde sentido, pierde el norte, nos salimos del camino, no avanzamos…

Ojalá que este Evangelio despierte también en todos, esa conciencia de que somos misioneros de Cristo.  Esos setenta y dos discípulos no eran unas personas extrañas, somos tú y yo.  Tú y yo queremos ser discípulos del Señor y tenemos esa responsabilidad a cuestas, una alegre responsabilidad de que somos misioneros de Cristo.  Por el hecho de ser bautizados estamos llamados a preparar el camino de Jesús con nuestras palabras, con nuestro testimonio de vida.

El Señor quiere que tú y yo seamos buenos instrumentos en sus manos sin gloriarse, evidentemente, somos pobres instrumentos, siervos inútiles somos, sin gloriarse porque nosotros no somos los protagonistas, el Protagonista es uno sólo, es el Señor, el protagonista es la Gracia de Dios, pero nosotros podemos ser buenos instrumentos si queremos y sí queremos ser buenos instrumentos.  Tenemos, como decíamos, la responsabilidad de llevar a otros a Cristo.

Cada generación tiene que redimirse o cada generación, más bien, tiene que aplicarse los méritos de la redención.

Es verdad, el Señor hace ya 2000 años que vino al mundo, pero cada generación tiene que conocerlo, tiene que conocer al Señor, tiene que conocer su doctrina, tiene que conocer su amor que tiene por nosotros y eso, bueno, nos corresponde a cada uno que hemos tenido la suerte o la dicha de saberla por la fe que hemos recibido por la familia, por la escuela, por los amigos, por lo que sea…

Pero bueno, hay gente que no ha tenido esa oportunidad y probablemente sola no la tendrá; para eso estamos nosotros, para ser misioneros, ser apóstoles, ser discípulos del Señor.

La mano de Dios

La mano de Dios no se ha empequeñecido o el brazo de Dios no se ha empequeñecido; o sea, el Señor es el que busca a las personas.  Dios es el que se hace encontradizo a la gente.  Cada quien tiene su tiempo, pero cuando le llegue el tiempo y cuando el Señor salga al encontradizo con ellos, deberíamos nosotros estar allí, al lado, seríamos esos discípulos dentro de aquella multitud de personas que buscan al Señor, que podemos atender, que podemos -con nuestra paciencia, con nuestra comprensión, con nuestra caridad buena- llevar la gente a Dios; sacar a la gente de la ignorancia o de la comodidad, devolverle la paz, la serenidad que tenemos los que buenamente procuramos seguir al Señor

Bien, eso nos corresponde a nosotros, nos corresponde a ti y a mi, no podemos “escurrir el bulto”, no podemos quitarnos esa responsabilidad y encima tiene que ser algo que nos mueva y ¿con quiénes? Bueno, en primer lugar, pues con los que tenemos más cerca evidentemente, con nuestras familias, con los que convivimos diariamente.

Nuestras limitaciones

Es verdad que puede ser un poco más complicado porque nos conocen, conocen nuestras limitaciones, conocen nuestros defectos y nos pueden decir: bueno, ¿Qué me vas a decir tú a mí? Bueno, pero precisamente por eso, porque conocen nuestros defectos, conocen nuestras limitaciones, también conocen nuestras luchas, nuestras ganas de ser mejor, aunque a veces no nos salga tan bien, pero al menos estamos allí luchando y eso es un testimonio de vida.

Y después, en círculos concéntricos, movernos con el resto de nuestros parientes, nuestros amigos, nuestros compañeros de trabajo, de profesión, de oficio, vecinos, etc.  Bueno, ir a todos porque Dios es Dios de todos, no es de algunos nada más y sentiremos, entonces, esa alegría buena como aquellos primeros setenta y dos al regresar de evangelizar; sentiremos esa alegría y sentiremos también esa seguridad de que, si convertimos a una persona, si acercamos a las personas a Dios, seguro que el Señor nos premiará con esa inscripción de nuestros nombres en el Cielo.

Nada queda en este mundo, sin que el Señor se vuelque, ningún bien que hagamos por Él que se vuelque sobre nosotros con una generosidad mucho mayor de la que nosotros podemos dar.  Encomendamos la misión, nuestra labor, nuestro apostolado también a nuestra madre Santa María.

 

Salir de la versión móvil