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HERALDO DE DIOS

HERALDO DE DIOS
HERALDO DE DIOS

¿Cómo habría sido vivir en alguna época antigua de los reyes, las reinas, los caballeros? ¿Cómo habrá sido vivir en un rincón del reino y, de repente, escuchar que se anuncia que el rey viene a visitar nuestro pequeño pueblo? ¡Viene el Rey! ¿Qué preparativos tendrían que hacerse?

Un heraldo del rey era a quien se enviaba por delante. Era el mensajero, el emisario, el vocero. Dicen que, en la antigüedad, los heraldos eran oficiales de los monarcas que convocaban a quienes eran citados por los reyes. 

Pues en el año decimoquinto del imperio de Tiberio César, siendo Poncio Pilato procurador de Judea, Herodes tetrarca de Galilea, su hermano Filipo tetrarca de Iturea y de la región de Traconítide, y Lisanias tetrarca de Abilene, bajo el sumo sacerdote Anás y Caifás, vino la palabra de Dios sobre Juan, el hijo de Zacarías, en el desierto.

Dios, el Rey de reyes, envía a su heraldo. Se llama Juan (apodado “el Bautista”) y sus padres son Isabel y Zacarías.

Pero no solo fue enviado ese año, Dios lo manda también ahora en el Adviento como heraldo Suyo a todo el mundo. 

ESCUCHEMOS LO QUE NOS DICE

Decíamos que un heraldo es el mensajero, el vocero. O sea: no nos quedemos simplemente viendo a Juan, escuchemos lo que dice…

El Evangelio nos lo transmite:

“Recorrió toda la región del Jordán predicando un bautismo de penitencia para remisión de los pecados, tal como está escrito en el libro de los oráculos del profeta Isaías: Voz del que clama en el desierto: 

«Preparen el camino del Señor, hagan rectas sus sendas. Todo valle será rellenado, y todo monte y colina allanados; los caminos torcidos serán rectos, y los caminos escarpados serán llanos. Y todo hombre verá la salvación de Dios».

CONVERSIÓN, PENITENCIA

El mensaje está claro: ¡penitencia! ¡conversión! Que tú y yo sepamos ofrecer a Dios, a ese Rey de reyes que viene, algún pequeño sacrificio. Que sepamos corregir las sendas torcidas de nuestra vida. Que nos reconciliemos con quien tengamos rencillas o problemas. 

Que la gracia nos ayude a allanar los montes y colinas de nuestra soberbia que se yergue siempre tan engreída, no dando su brazo a torcer. 

¡Cambio! ¡Conversión! ¡Penitencia! Porque solo entonces: todo hombre verá la salvación de Dios. Sólo entonces verá a Jesús, el Salvador. En hebreo, el nombre de Jesús significa “salvador”, más concretamente “Dios salva”. 

Pues eso: verá la salvación de Dios envuelta en pañales y recostado en un pesebre. O sea: todo hombre que se haya preparado realmente verá a Dios en Navidad…

Tal vez los reyes de la antigüedad mandaban a un cualquiera a anunciar su llegada. Pero Dios no es un rey cualquiera y, por eso, su heraldo no es un heraldo cualquiera. 

EL MENSAJE DE DIOS

Juan es, él mismo, ejemplo del mensaje que predica. El mensaje le sale por la boca, pero también le sale por los poros. Todo él es mensaje de Dios. Esa es su vocación. Y podemos fijarnos en su ejemplo, podemos imitar para conseguir prepararnos nosotros.

Volteemos a ver al Bautista y aprendamos de él. Te comparto una descripción:

“El Señor lo llamó desde pequeño (…) para cumplir una misión. Es el último de los profetas del Antiguo Testamento. Su encargo es ser la Voz de Dios para anunciar que el Mesías ya está en el mundo. Es el que prepara el camino de Jesús.

Su padre -el viejo sacerdote- le contó lo que pasó en el Templo: “Juan, Dios te necesita. Yo te acompañaré siempre con mi oración de padre. Dios me habló en el Templo… Yo dudé de Él, pero tú nunca dudes de su llamada”.

UNA VOCACIÓN

El hijo de Isabel y de Zacarías se retiró al desierto, cuando aún era adolescente. Allí el Señor le fue formando y afianzando en su vocación. Aquellas rocas desnudas son testigo de su penitencia. Dormía en alguna cueva. Los animales salvajes se habían habituado a su figura.

(…) Lo descubrimos en el valle de Jericó, junto a las aguas del Jordán, muy cerca del camino que cruzan las caravanas de Perea cuando van a Jerusalén a celebrar la fiesta judía. 

Su cuerpo es fuerte y su piel curtida por el sol. Lleva largos cabellos. Austero en el comer y en el hablar. Su mirada es profunda y exigente. Pero lo que más nos impacta es su voz. Una voz poderosa, que llena el desierto de Judea y penetra en el corazón como una flecha. 

Habla poco, pero con palabras seguras. Muchas horas las pasa en silencio, rezando… por ti y por mí.

VALIENTE Y FIEL

Juan es valiente. Tiene una misión y no tiene otro afán que cumplirla fielmente. Él sólo es la voz del que clama en el desierto.

Dios mío, al contemplar en mi oración el desierto de Judea, y ver las rocas y los arbustos espinosos, aquel polvo que se levanta huyendo de la tierra seca, y el calor duro que incluso hace difícil respirar, he hecho el propósito de no rendirme en mi camino.

Dame Tu gracia para ser fiel y valiente, y no tener miedo al que dirán los demás. Hoy le pido a san Juan el Bautista un poco de su fuego para calentar los corazones tibios, comodones, y quizá entre ellos el mío.

También has pensado en mí. Tengo una misión que cumplir. Yo quiero, como Juan, ofrecerte mi vida entera y ser una voz en medio de este mundo que a veces es un desierto de amor” (Acercarse a Jesús, Adviento – Navidad. Josep Maria Torras).

Eso queremos ser en este Adviento, como Juan lo fue en su momento. Como el Bautista, el heraldo de Dios, que viene a darnos este mensaje, con su palabra y con su ejemplo. 

¿TÚ, QUÉ HACES?

Este mensaje es actual. Benedicto XVI comentaba que al igual que los judíos contemporáneos de Jesús, “a pesar de sus contradicciones, angustias y dramas, y quizá precisamente por ellos, la humanidad de hoy busca un camino de renovación, de salvación.

Busca un Salvador y espera, a veces sin saberlo, la venida del Señor (…), la venida de Cristo (…). 

Ciertamente, falsos profetas siguen proponiendo una salvación “barata”, que acaba siempre por provocar fuertes decepciones”.

“(…) Los cristianos tenemos la misión de difundir, con el testimonio de la vida, la verdad de la Navidad, que Cristo trae a todo hombre y mujer de buena voluntad. 

Al nacer en la pobreza del pesebre, Jesús viene a ofrecer a todos la única alegría y la única paz que pueden colmar las expectativas del alma humana” (Audiencia general, 20 de diciembre de 2006).

SU PRESENCIA ES ACTUAL

Así, el Adviento nos hace recordar que la presencia de Dios en el mundo ha comenzado ya, aunque algunos no se hayan enterado. Nos recuerda que “Su presencia ha comenzado ya, y nosotros, los cristianos, somos los hombres a través de los cuales Él quiere estar presente en el mundo. 

Mediante nuestra fe, nuestra esperanza y nuestro amor quiere hacer que su luz alumbre de nuevo la noche del mundo” (Cooperadores de la verdad).

Juan el Bautista, el heraldo de Dios, lo supo recordar a sus contemporáneos, Dios nos pide a ti y a mi que, con Él, nosotros sepamos recordarlo hoy, ahora.

SER SU HERALDO

Yo no sé cuál es tu vocación. Pero lo que sí está claro es que Dios, en este tiempo de Adviento, te llama a ser, con tu ejemplo y tu palabra, un heraldo Suyo. 

Aunque sientas que hablas al desierto, que nadie te escucha o que nada cambia, Dios te llama a llamar a los demás, a sacarles de su modorra. Y te llama a través del Bautista, a través de su voz, de su ejemplo. 

O sea, primero tú. Tú llamarás, despertarás, empujarás a los que tienes alrededor si, y sólo si, tú te sientes llamado, despertado, empujado a cambiar, a convertirte, a hacer penitencia.

Por eso: ¡Cambio! ¡Conversión! ¡Penitencia!

Le pedimos a nuestra Madre, en esto días de la Novena a su Inmaculada Concepción, que nos ayude en esta tarea que su Hijo nos encomienda. Ella es esa flor que brota en el desierto, ella es la Reina que también quiere contar con un heraldo como tú.

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