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LA ENVIDIA DE LOS VIÑADORES

envidia

Hay una historia sobre un pavo real, que era muy admirado por los demás animales y, en cuanto salía el sol, se paseaba por los campos. Obviamente, era orgulloso de su plumaje y todos los otros animales estaban a la expectativa en el momento en que el pavo extendiera su cola y dejara ver toda esa belleza que llevaba encima.

Un día llegaron unos búhos forasteros, no eran de esa zona -de ese bosque- y todos los otros animales los recibieron de manera muy amable, muy cordial.

Los búhos se quedaron ahí conversando hasta entrada la noche. Uno de ellos comentó que cerca de allí había un faisán dorado y que nunca habían visto un ave tan hermosa, tan bella.

Los otros animales se quedaron también sorprendidos por lo que contaban de este faisán. Ellos, acostumbrados a ver a este pavo real que también tenía un plumaje espléndido.

El pavo real, que escuchaba la conversación, no podía creer lo que escuchaba y, a la mañana siguiente, muy temprano, partió a buscar al faisán dorado porque quería verlo con sus propios ojos.

Pasaron las horas, una tras otra y llegó la noche y el pavo real no volvió; de hecho, se perdió y nunca más regresó.

PARÁBOLA

Esta historia nos introduce al Evangelio de la misa de hoy que recoge una parábola que “Tú Señor nos cuentas: la parábola de los obreros de la viña”.

El Señor quiere hacernos entender en qué consiste el Reino de los Cielos. Dice que es como un hombre dueño de una propiedad que salió al amanecer a contratar obreros para su viña y hace un contrato con los obreros que encuentra: pagarles un denario al día.

Contrata a un grupo y los envía a trabajar al campo, a su viña. Luego, salió a la hora tercia, es decir, a las nueve de la mañana, vio a unos obreros y les dijo: Vayan a mi viña y les pagaré un denario.

Salió otra vez a la hora sexta -al mediodía- y luego a la nona, es decir, a las tres de la tarde e hizo lo mismo. Por último, salió a la hora undécima, ya cuando el sol empezaba a caer y encontró a unos obreros que no hacían nada y les dijo: Vayan ustedes, ¿qué hacen ahí ociosos? Vayan a trabajar y, básicamente, trabajaron una hora.

Llegó el momento de pagarles el salario y uno a uno empezó a darles el denario que le correspondía. Vinieron primero los de la hora undécima y recibieron un denario; luego los otros que había ido, poco a poco, contratando, en orden inverso.

INJUSTICIA

Los primeros, nos dice el Señor en esta parábola, pensaron que cobrarían más; es decir, hicieron un cálculo que tú dices, es un cálculo lógico: “Si nosotros habíamos quedado un denario, pero a estos que han llegado solamente trabajaron una hora les ha dado también un denario, nosotros recibiremos más”. Es decir, hacer un cálculo humano; lógico.

Incluso, alguien podría decir, justo. Pero eso es el “meollo del asunto”, porque cuando llegan a pagarles a los de la primera hora, ellos se quedan sorprendidos; de hecho, reclaman: “¿A estos últimos que han trabajado solo una hora, los has hecho iguales a nosotros que hemos soportado el peso del día y del calor?”

Entonces, el amo de la viña, que es Dios, les responde: “Amigo, no te hago ninguna injusticia, ¿acaso no conviniste conmigo en un denario? Toma la tuya y vete, quiero dar a este último lo mismo que a ti”.

Y es que es lo que veíamos al inicio de esa parábola: la envidia. La envidia al ver que esos trabajadores (que es verdad, han trabajado menos) han venido al final y han recibido lo mismo, que para estos era algo grande porque no tenían trabajo; porque han tenido la suerte de encontrar a alguien que los contratara y que fuera generoso.

Para ellos el denario tiene un valor mayor gracias a la generosidad de este señor. Se produce, entonces, esta división; se produce la envidia.  Envidia al no alegrarse del bien que han recibido esas otras personas.

LA ENVIDIA

Esto es, justamente, lo que le pasa al pavo real: inseguro de lo que él tiene -porque un pavo real es hermoso cuando extiende la cola; tiene una belleza única. Sin embargo, le entró la duda al saber quién era este faisán dorado que podría eclipsarlo y, al final, terminó perdiéndose.  A lo mejor, una fiera se lo comió.

“Yo creo que Señor que, a veces, nos puede pasar la envidia; la envidia al ver el bien del que gozan nuestros hermanos, nuestro prójimo, que a lo mejor les va bien; o en la vida espiritual esas comparaciones que podemos sentir y que, al final, son un envío del demonio.

Ayúdanos, por tanto, Señor a ser felices con lo que tenemos; a ser felices -en primer lugar- porque tenemos esos dones extraordinarios de la fe y la gracia de Dios. Esta vocación cristiana que todos tenemos, cada uno según su estado, son dones que Tú nos has dado Señor”.

A lo mejor, algunos de nosotros nos hemos decidido seguir al Señor o convertirnos y seguir a Cristo ya tal vez entrados en años o muy tarde. O a lo mejor aún no nos decidimos a ello; no nos decidimos a dejar ese estilo de vida que no va con lo que el Señor quiere de nosotros; por lo tanto, no somos felices.

LA PIEDAD

Pero decimos no, ya yo tengo muchos pecados; yo no puedo… y no nos damos cuenta de que todo eso es un don de Dios; esa conversión, esa gracia de Dios que nos empuja, que nos lleva hacia arriba, que nos lleva a levantarnos cada día a dar gracias a Dios por lo que tenemos.

Eso es muy bonito Señor, esa oración de agradecimiento: “Gracias por un día más de vida; gracias, Señor, porque puedo hoy ponerme a estudiar, ponerme a trabajar. Gracias por esta comida”.

¡Qué bonita es esa costumbre de la piedad de rezar oración! Bendecir los alimentos, luego dar gracias… porque eso significa que somos conscientes de que no lo merecemos; de que es Dios quien nos da todas las cosas.

Aunque no quita que nosotros trabajemos para llevar el pan de cada día a nuestra mesa, pero le damos gracias a Dios.

LA SOBERBIA

En cambio, el soberbio -que es el caso de esos trabajadores de la primera hora, ellos se creen con todo el derecho ya no únicamente de recibir el denario, sino de recibir más.

Es lo que a veces nos puede pasar, que enjuiciamos a Dios; que exigimos a Dios que se comporte de un modo, que actúe como nosotros queremos. A veces, no queremos que se meta mucho en nuestra vida; otras veces, en cambio, sí queremos que Dios se meta en nuestra vida, que nos haga ese milagro.

A veces, interrogamos a Dios por qué hace las cosas. El Señor nos pide que confiemos en Él. «Que Tú Señor, ya has demostrado de lo que eres capaz de hacer por amor nuestro para salvarnos”. No le podemos, por tanto, exigir más al Señor.

“Ayúdanos Jesús a ser como hijos”.  En principio, los hijos no les exigen a sus padres que le compren algo caro o los increpan y dicen: ¿Por qué has hecho esto? ¿Por qué me exiges esto? ¿Por qué me dices que estudie?

Los hijos, generalmente, reciben de sus padres lo que ellos les dan y lo reciben con agradecimiento.

“Ayúdanos así también a nosotros Señor, a sabernos y sentirnos hijos de Dios; a darle gracias a ese Padre que está siempre preocupado por nosotros; para que tengamos ese alimento, ya no únicamente del cuerpo, sino ese alimento del alma que eres Tú y así vivir en esa gracia de Dios y en esa libertad de los hijos de Dios”.

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