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EL GORDITO

gordito

Jesús, que buena imagen utilizas en el Evangelio para que la lección nos entre por los ojos, porque vas a comer a casa de uno de los principales fariseos y ellos te observan de forma malintencionada para variar.  Pero Tú, no desperdicias la oportunidad y aprovechas para enseñarles en ese punto que les cuesta especialmente a ellos.

Les dices:

Cuando alguien te invite a una boda, no vayas a ponerte en el primer puesto, no sea que otro más distinguido que tú haya sido invitado por él y, al llegar el que los invitó a ti y al otro, te diga:

«Cédele el sitio a éste» y entonces empieces a buscar, lleno de vergüenza, el último lugar.

Al contrario, cuando te inviten, ve a ocupar el último lugar, para que cuando llegue el que te invitó te diga: «Amigo, sube más arriba».

Entonces quedarás muy honrado ante todos los comensales. Porque todo el que se ensalza será humillado y el que se humilla será ensalzado”

(Lc 14, 8-11).

Los pobres fariseos son unos orgullosos. Pero Jesús, también yo lo soy… ¿No crees que tú también lo eres…? Yo creo que también nos viene como anillo al dedo la lección a ti ya mi…

Aceptémoslo, nos gusta quedar bien, llamar la atención, que se dirijan hacia ti las miradas, que se te consulten a ti las cosas, que la gente comente cosas buenas de ti, que se te tome en cuenta (¡muy en cuenta!).

Que si te invitan tengas un puesto o “el puesto”, de honor…

A ver, no es que todas esas cosas sean malas. Lo malo es que nos hinchen de orgullo. Que, de ser algo puramente marginal, secundario, se conviertan en la razón por la que hacemos las cosas.

 PARA MÍ, CON EL APRECIO QUE ME TENGO…

Yo pienso que eso ya no es un quererse a uno mismo, sino un enamorarse enfermizamente de uno mismo… Ser un narcisista sin que llegue a ser patológico, pero sí que es enfermizo para el alma.

Como cuentan de aquella dedicatoria que hacía el autor, como suelen hacerlo, en las primera página de su libro: “Para mí, con el aprecio que me tengo>”…

Bueno, parece de chiste. Pero a algo así podríamos llegar si nos descuidamos…

Es cierto que a todos nos causaría vergüenza (algunos más, algunos menos, dependiendo del carácter de cada uno) que nos quitaran de un lugar para cederlo a otro en una cena o un evento importante.

Pero eso, al final, se pasa. Un momento de bochorno y ya.

En cambio, para el orgulloso aquello sería casi el fin del mundo. Le daría vueltas y vueltas. Volvería a revivir aquel momento una y otra vez en su imaginación; pondría pensamientos en las mentes de quienes estaban allí y se avergonzaría todavía más.

Quién sabe si hasta alimentaría un pequeño resentimiento hacia el anfitrión. Llegando, incluso, a la conclusión que con aquel gesto “me ofendió” porque “no debería haberme hecho eso en público”… o “no de esa manera”…

Qué complicados podemos llegar a ser. Y cómo pesa el aparecer, el figurar, o el aparentar las impresiones que doy o que creo dar…

HUMILDAD

¿Cuál es la receta contra esto? Humildad.

El que se ensalza será humillado y el que se humilla será ensalzado.

Y ojo que, en una sociedad muy acostumbrada o inclinada a presumir por Internet o a través de las redes sociales, esto puede costar un poco más…

El afán de reconocimiento sale automáticamente, no deja de ser bueno en el fondo, porque vivimos para lograr la estima de los demás.

Pero la buena estima, esa estima que viene del amor; querer a los demás y dejarme querer por ellos. Y eso no lo ganamos convenciéndoles de que somos mejores que el resto.

Ahora, el primer paso para no creernos mejor que los demás es no querer aparentarlo.

Y piénsalo: ¿de qué me sirve aparentarlo? No somos el centro del universo ni tampoco hace falta que lo seamos…

Te comparto un relato que no tiene desperdicio.

RELATO

Conocí a un sacerdote llamado Fernando Lázaro, quien, como Jesús a los más sencillos del pueblo, siempre que predicaba lo hacía por medio de parábolas (Mt 13, 34).

En cierta ocasión tuve la gracia de ser su oyente. La prédica versaba sobre el contraste entre la pequeñez del hombre y la vil soberbia que lo empuja a considerarse «centro del cosmos y de la historia» (San Juan Pablo II). 

Fernando Lázaro era de talla más bien baja y corpulenta o, según lo decía él mismo, «¡un gordito!»; la ocasión en que lo escuché hablar fue durante el último retiro espiritual que predicó en su vida, pues moriría al mes siguiente.

Te transcribo lo que nos dijo:

«Vivo en una residencia de estudiantes universitarios. Además de los directivos y los muchachos, también estamos dos sacerdotes.

Guardo el automóvil en un garaje vecino y todos los días lo retiro para ir a diversas partes; al volver se lo dejo al encargado para que lo estacione en su sitio (son las reglas del lugar).

Pues bien, un día pasó uno de los estudiantes de la residencia por la puerta del garage y el encargado preguntó:

–¿Tú vives allí, en la residencia universitaria? 

–Sí 

–¿Entonces me puedes hacer el favor de decirle al sacerdote que cuando devuelva el automóvil no lo deje con la marcha puesta?  Porque al encender el motor me da un «sacudón» y hace varios meses que todos los días me sucede lo mismo.

–De acuerdo, se lo diré; pero en la residencia viven dos sacerdotes, ¿a cuál de ellos se refiere?

EL GORDITO

» Aquel hombre se quedó un momento pensativo, buscando un modo de identificarme, hasta que de repente se le iluminó el rostro y exclamó con total seguridad: –¡El gordito!

» Es decir, la clave identificatoria de quién era yo, eran sólo dos palabras: –¡El gordito!

» Fíjate qué injusticia, pues ¿quién soy yo para ese hombre a quién todos los días le dejo el automóvil?

¿Soy un insigne sacerdote de la Iglesia Católica? ¿O el capellán de una residencia de estudiantes? ¿O el legendario Padre Fernando Lázaro? ¿O el centro del cosmos y de la historia…?

¡Pues no!.

Para que veas cómo es la vida, tras muchos años de garaje en los que me he esforzado por saludar todos los días a Raúl (nombre del encargado), delante suyo solo he conseguido ser simplemente ¡el gordito!

Y seguramente un día moriré y dejaré de ir al garaje por el automóvil; y pasarán los días y Raúl se extrañará de no verme; y, entonces, al ver pasar a uno de los estudiantes por la puerta del garaje, le preguntará:

–¡Oye! ¿Y el gordito? ¿Qué es de su vida?

–¡Cómo! ¿No sabía que murió el mes pasado?

<–Disculpa… no lo sabía… cuánto lo siento… ¡Voy a rezar por él!

» Y tras decir esto volverá a su vida cotidiana sin saber mi nombre; ¡total… para qué necesita saberlo!, si ante la salvación hay un sólo nombre bajo el cielo que ha sido dado a los hombres (Hch 4,12):  Jesucristo; pues el mío no le será necesario, ya que para rezar por mi alma le bastará con decir:

–¡Señor, a ese gordito que se murió, llévatelo al Cielo y olvídate de todas las protestas que te hice por sus torpezas al dejarme el auto con la marcha puesta!»

ALMAS QUE VALEMOS TODA LA SANGRE DE CRISTO

Por eso dice san Josemaría que la humidad es aquella virtud que nos hace ser conscientes de nuestras grandezas y de nuestras miserias (Amigos de Dios, 94)

Conscientes de que al mismo tiempo que somos solamente «¡El gordito!», también somos «almas que valemos toda la sangre de Cristo» (San Josemaría); y aunque tal vez sólo alcancemos a ser ante los demás un simple «gordito innominado», el Señor, pese a la multitud, y tal como lo hizo con Zaqueo, con Bartimeo y con tantos otros personajes del Evangelio, no deja de llamarnos por nuestros nombres…

(Amor, soberbia y humildad, Pedro José Chiesa).

Santa María, Madre nuestra, ayúdanos a ser humildes, a no creernos el centro del universo y de la historia, porque

«El que se ensalza será humillado y el que se humilla será ensalzado».

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