Icono del sitio Hablar con Jesús

CARIDAD VS. VIOLENCIA

No violencia, desnudar el alma, keep calm,
EL NACIMIENTO DE JESÚS 

¡Ayer celebramos tu nacimiento Jesús, tu Natividad! Pero, hay que decir las cosas claras: Tu nacimiento tuvo sus consecuencias, y las sigue teniendo. ¿Por qué?

“Porque eres piedra de tropiezo y lo sabes”

(Lc 2,34 y Rm 9,33).

No dejas a nadie indiferente. Eso se ve desde el primer momento. Ayer naciste y hoy comienza la persecución, empieza a correr sangre…

Porque resulta que hoy, en la Liturgia de la Iglesia, celebramos al primero que dio su vida por este Niño, (¡por Ti, Señor!) que acaba de nacer: el protomártir san Esteban

Se trata de uno de los primeros diáconos de la historia de la Iglesia. Y al ver esta escena, al celebrar esta Fiesta, es como si Esteban nos dijera a ti y a mi: 

“Ayer nació Jesús, ¡no te puedes quedar indiferente, tienes que cambiar, porque el mundo ha cambiado!

Tienes que quererle tanto hasta el punto de ya nunca abandonarle, de nunca traicionarle, de nunca negarle, aunque en eso te vaya la vida”.

 

DEBILIDAD CONVERTIDA EN FORTALEZA

“La Iglesia no celebra la violencia de un martirio, eso sería absurdo.

En todo caso celebra la debilidad de los mártires que han encontrado su fortaleza en Cristo”

(cfr. Prefacio de los santos mártires).

El mártir no es un brincón, un busca-peleas, es un hombre débil como todos, pero que en la gracia que Jesús trae al mundo, encontró las fuerzas que le faltaban para ser su testigo, para serle fiel, hasta el punto de ser capaz de dar la vida por eso, por Él. ¡Por Ti, Jesús!

Así fue precisamente con Esteban. Lo hicieron llamar para intentar refutar sus argumentos acerca de la verdad de Jesús y ¡no pudieron!

Sus acusadores rechinaban los dientes de rabia.

Una cosa llevó a la otra:

“Cae lapidado por una nube de piedras y sufre una muerte despiadada a manos de sus enemigos, para quienes implora, compasivo, el perdón”

(Himno de Laudes, San Esteban).

¡Qué grandeza la de este hombre! Reza, como Tú Señor, por quienes lo odian, por quienes le matan y, sin saberlo, le abren las puertas del Cielo. ¡Reza por ellos! Eso es caridad pura y dura.

MÁRTIR DEL DÍA A DÍA 

Tú Jesús, no dejas a nadie indiferente, y por tanto, Tú mensaje tampoco.

Algunos, de quienes rechazan tu mensaje, están dispuestos a derramar sangre con tal de pararlo.

Algunos, de quienes lo predican, están dispuestos a derramar ¡su propia sangre! como testimonio de su adhesión a Ti.

Hoy celebramos el primero de ellos.

No es sorpresa, porque en ese sentido, Jesús ya lo había anunciado.

Lo leemos en el Evangelio de hoy:

“Cuídense de la gente, porque los llevarán a los tribunales, los azotarán en las sinagogas, los llevarán ante gobernadores y reyes por mi causa; así darán testimonio de mí ante ellos (…) 

El hermano entregará a su hermano a la muerte (…) todos los odiarán a ustedes por mi causa, pero el que persevere hasta el fin, se salvará”

(Mt 10, 17-18. 21-22).

¡No era sorpresa! Pero Jesús, perdón por la expresión, pero no es lo mismo verla venir que bailar con ella… Yo no sé si seré capaz de hacerlo…

Seguro que Jesús nos responde: “Mártir como Esteban no, pero mártir del día a día sí. Y no te preocupes porque Yo saco de la debilidad, fortaleza”.

Entonces nos atrevemos a decirle:

“Señor, estoy dispuesto a dar toda mi sangre por Ti. Sin embargo, yo sé que ahora me pides el pequeño sacrificio de morir poco a poco a mí mismo. Es como una transfusión. Te voy dando mi vida. 

Con tu gracia mataré mi capricho, mi vanidad, mi sensualidad, mi envidia… para nacer a una vida nueva. La lucha de cada día por morir a mí mismo es el surco que abres en muchos corazones para plantar tu semilla de Amor. 

¡Jesús, concédeme el don de la perseverancia!”

(Josep María Torras, Acercarse a Jesús. Adviento Navidad)

¡Eso es ser testigo! Eso es lo que significa la palabra mártir, por cierto, es testigo. El testimonio de una vida coherente, de una fe hecha obras, de un Mensaje -el de Jesús-, que se encarna en ti y en mi cuando luchamos por vivir de acuerdo con lo que Él nos ha enseñado.

Vivir con naturalidad nuestro cristianismo: ¡Esto es vivir con naturalidad nuestra condición de cristianos!

Tal vez se te ocurre preguntar lo que le preguntaron a san Josemaría en una ocasión:

«Y, ¿en un ambiente paganizado o pagano, al chocar este ambiente con mi vida, no parecerá postiza mi naturalidad?» me preguntas. 

Y te contesto: – Chocará sin duda, la vida tuya con la de ellos; y ese contraste, por confirmar con tus obras tu fe, es precisamente la naturalidad que yo te pido”

(Camino 380).

Ojo que no se trata de discutir, sino de querer. Más que de argumentos, o de imponer nuestra visión -por muy verdadera que sea-, se trata de querer al otro, por muy equivocado que esté.

Entre los cristianos ha habido mártires, pero no es válido que martiricemos a los demás. Ni siquiera en cosas pequeñas.

LA VIOLENCIA ES UNA SALIDA COBARDE

Como decía el mismo san Josemaría:

“No comprendo la violencia: no me parece apta ni para convencer ni para vencer; el error se supera con la oración, con la gracia de Dios, con el estudio; nunca con la fuerza, siempre con la caridad”

(Conversaciones con Monseñor Escrivá de Balaguer, n. 44).

¡Tiene razón! Los hombres tendemos a pensar que la presión, el empujar, el hacer “violencia”, obligar, amenazar… ¡como si esto fuera efectivo! “Eso consigue que la gente reaccione o que cambie”, pensamos.

Nos puede dar la sensación de control, nos puede hacer sentirnos seguros, pero es una salida cobarde, refugio para el débil.

El fuerte, el valiente, es el soldado de Cristo que se lanza a la batalla sin nada, que lleva como única arma la caridad. Puede que se sienta desnudo, desprotegido, pero es la única arma verdadera.

La misma con la que nace Jesús en Belén: la de la caridad… ¡y esa es el arma que tenemos tu y yo!

SAN ESTEBAN, SOLDADO DE CRISTO

Termino compartiendo un texto que la Iglesia nos propone leer en la Liturgia de las Horas, a todos los sacerdotes en este día (es un sermón, de hace muchos años).

“Ayer celebramos el nacimiento temporal de nuestro Rey eterno; hoy celebramos el martirio triunfal de su soldado.

Nuestro Rey, a pesar de su condición altísima, por nosotros viene humilde, mas no con las manos vacías: él trae para sus soldados una dádiva espléndida (…) trae consigo el don de la caridad (…).

La misma caridad que hizo bajar a Cristo del Cielo a la Tierra ha hecho subir a Esteban de la tierra al Cielo (…).

Esteban (…) tuvo por arma la caridad, y ella le dio siempre la victoria. Por amor a Dios no cedió ante la furia de los judíos, intercedió por los que lo apedreaban.

Por esta caridad refuta a los que estaban equivocados, para que se enmendasen de su error; oraba por los que lo apedreaban, para que no fuesen castigados (…).

Movido por esta santa e inquebrantable caridad, deseaba conquistar con su oración a los que no había podido convertir con sus palabras (…).

La caridad, por tanto, es la fuente y el origen de todo bien, la mejor defensa, el camino que lleva al Cielo.

El que camina en la caridad no puede errar ni temer, porque ella es guía, protección, camino seguro.

Por esto, hermanos, ya que Cristo ha colocado la escalera de la caridad, por la que todo cristiano puede subir al Cielo, aférrense a esta pura caridad, practíquenla unos con otros y suban por ella cada vez más arriba”

(Tomado de los Sermones de san Fulgencio de Ruspe, obispo. Sermón 3, 1-3. 5-6: CCL 91 A, 905-909).

Madre nuestra, ayúdanos a subir por la escalera de la caridad hasta alcanzar a tu Hijo, así como lo hizo san Esteban.

Salir de la versión móvil