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ARRIESGAR

invitación

Philippe Petit es un equilibrista francés que se hizo famoso por cruzar caminando, sobre un cable, la distancia entre las azoteas de las Torres Gemelas del World Trade Center, en la ciudad de Nueva York, en la mañana del 7 de agosto de 1974.

En 2015 salió una película titulada “En la cuerda floja”, bueno, está un poco floja, pero si te sirve el dato, te puede entretener.  No sé si alguna vez has estado en alguna situación de jugártela como lo hizo Petit, de correr un riesgo consciente y libremente.

No hay que ser temerarios con la vida, es una imprudencia y puede ser, incluso, una falta grave; un pecado, ponernos en riesgo innecesariamente.

No me refiero a ese tipo de riesgo, me refiero más bien a aquellas situaciones en las que te decides a abandonar tu zona de confort para vivir la auténtica vida a la que hemos sido llamados tú y yo.

JESÚS, QUIERO

La vida sale de sus cauces estrechos, se desborda, se hace más ancha, más llena de contenido…  Naturalmente, no se trata del riesgo por el riesgo, ni siquiera del riesgo por el premio, porque el premio ya se nos ha dado: es la salvación que nos ha ganado Jesús con Su Cruz y Su Resurrección.

Tú sólo tienes que decir: “Jesús, quiero”.  Es más bien, darle a mi vida el riesgo en agradecimiento a Dios, que es mi Padre, con quien tengo todo y nada me falta.

Me la juego por el amor tan grande que me ha dado; me lanzo, me lanzo a vivir una vida como una aventura maravillosa; como una gracia inolvidable e inmerecida: la felicidad aquí y el Cielo en la otra vida.

“Así ocurre con Tus invitaciones Señor, a seguirte.  Lo vemos en el Evangelio constantemente; a veces se trata de una invitación prometedora, como la de Pedro y Andrés, cuando les dijiste:

“Síganme y los haré pescadores de hombres”

(Mt 4, 19).

En ocasiones Tu invitación es dulce y delicada como la del Evangelio de hoy, que narra aquella vez que invitaste al joven rico a seguirte y le dijiste:

“Si quieres ven y sígueme”

(Mt 19, 21).

Otras, en cambio, es una invitación sorprendente e inapelable como aquella de Mateo:

“Sígueme y él se levantó y Te siguió”

(Mt 9, 9).

O incluso aquella fulminante, como un rayo, la de san Pablo, tras derribarlo del caballo camino a Damasco.  Le dijiste:

“Levántate, entra en la ciudad y allá se te dirá lo que tienes que hacer”

(Hch 9, 6).

Pero esas invitaciones Tuyas, exigentes, animando a correr riesgos, siempre fueron precedidas de Tu cariño”.

Nos lo dice el Evangelio:

“Jesús fijó en él su mirada y quedó prendado de Él”

(Mc 10, 21).

“De Tu mirada de amor Señor”.  Las personas que reciben esa mirada, las personas que reciben esa invitación de Jesús, son de dos tipos: las que arriesgan y las que no arriesgan.

EL AMOR POR JESÚS

Las primeras, son mayoría y siempre aparecen llenas de alegría y generosidad al hacerlo.  Simón y Andrés, al momento dejaron las redes y le siguieron; Santiago y Juan, al momento, dejaron la barca y a su padre y le siguieron.

Mateo, sentado en su oficina de recaudador de impuestos, se levantó y lo siguió.  Hasta el ciego Bartimeo, arrojando su manto, dio un salto y se acercó a Jesús.

Por todos ellos, indudablemente, debió pasar por sus mentes la normal incertidumbre: “¿Y qué va a pasar?”

Pero fue más fuerte la fascinación del amor por Ti Señor.  Todos arriesgaron fiados en la Mirada dulce y llena de ese amor de Jesús y eso es lo que le dio fuerza.

El otro tipo de personas, son las que no arriesgan, las que ponen otras cosas por delante de la invitación del Señor: aquel que enterró el talento por miedo, no lo fuera a perder; el joven rico del Evangelio de hoy que nos dice:

“Pero él, afligido por estas palabras, se marchó triste porque tenía muchas posesiones”

(Mc 10, 22).

Se aferran a las seguridades, a una vida entre cuatro pareces, de escasa alegría.  No arriesgan, pero al querer controlarlo todo, pierden lo importante.

 NO MIRAR PARA OTRO LADO

“Señor, yo no quiero ser de estos; no quiero ser de los que escuchan Tu invitación y miran para otro lado porque no quieren correr riesgos.

No quiero ser de los que sólo tratan de asegurar lo que ya tienen, porque sería una pena si, al final, como aquel otro rico insensato de la parábola, escuchara de Tus labios:

“¡Insensato! Esta misma noche te van a reclamar el alma, lo que has preparado, ¿para quién será?”

(Lc 12, 21).

Generación tras generación, desde hace 2000 años, la historia se repite.  Hay gente que arriesga y gente que no y los que llenan de luz y calor el mundo, los santos siempre arriesgan.

Así ocurrió con el Papa Francisco en el momento en que sintió la llamada, en que sintió la invitación de Jesús a seguirle.  

EL LLAMADO

Cuando rondaba los 17 años -cuenta su biógrafo- un 21 de septiembre, se preparaba para salir a festejar con sus compañeros (era el día en que los argentinos celebran el día del estudiante) pero decidió arrancar la jornada visitando su parroquia.

Cuando llegó, se encontró con un sacerdote que no conocía y que le transmitió una gran espiritualidad, por lo que decidió confesarse con él.

Y esto lo cuenta el mismo Papa:

“En esa confesión me pasó algo raro, no sé qué fue, pero me cambió la vida; yo diría que me sorprendieron con “la guardia baja”.

“Y más de medio siglo después,”

así lo interpretaba el Papa,

“fue la sorpresa, el estupor de un encuentro; me di cuenta de que me estaban esperando. Eso es la experiencia religiosa: el estupor de encontrarse con alguien que te está esperando”.

Y sigue diciendo el Papa:

Desde ese momento para mí, Dios es el que te “primerea”.  Uno lo está buscando, pero Él te busca primero…  Uno quiere encontrarlo, pero Él nos encuentra primero…”

Todos tenemos nuestra vida en nuestras manos, no hay nadie que pueda decidir por mí.  Mi vida sólo puedo y la debo vivir yo, pero tenemos un peligro, un peligro real: asfixiar nuestra vida por un exceso de búsqueda de seguridad y perder, así, el sentido de la aventura, que es fundamental para vivir una vida plena.

NADINE STAIR

Y, hablando de esto, recuerdo como si fuera ayer, aquel poema de Nadine Stair, que antes de internet, se lo atribuyen a Borges; un poema que nos leyó un profesor cuando yo hacía la carrera universitaria y te resumo algunos párrafos de esta carta.

Se llama: “Instantes” y dice:

Si pudiera vivir nuevamente mi vida (…)

Correría más riesgos,

haría más viajes,

contemplaría más atardeceres,

subiría más montañas, nadaría más ríos.

Iría a lugares a donde nunca he ido,

comería más helados y menos habas,

tendría más problemas reales y menos imaginarios.”

Y sigue diciendo el poema:

Yo fui una de esas personas que vivió sensata

y prolíficamente cada minuto de su vida. (…)

Yo era uno de esos que nunca

iban a ninguna parte sin un termómetro,

una bolsa de agua caliente,

un paraguas y un paracaídas;

si pudiera volver a vivir, viajaría más liviano.

Si pudiera volver a vivir

comenzaría a andar descalzo a principios

de la primavera

y seguiría descalzo hasta concluir el otoño. (…)

Contemplaría más amaneceres

y jugaría con más niños,

si tuviera otra vez vida por delante.

Pero ya ven, tengo 85 años…

y sé que me estoy muriendo.”

            Vamos a terminar, acudiendo como siempre al Señor: “Ayúdame Jesús a estar dispuesto a arriesgar y a tener el valor de renunciar a este afán de control y seguridad, morir al propio yo y confiar en Ti.

Que no me quede atorado, que no me quede atrapado en la seguridad, como el joven rico”.

Vamos a pedirle a santa María, nuestra Madre, que nos ayude a ser como ella: una aventurera.  Fíjate en su vida: con apenas 15 años, supo arriesgarlo todo y decir esas palabras maravillosas, audaces al ángel que le proponía ser la Madre de Dios:

“Hágase en mí según tu palabra”

(Lc 1, 38)

y no preguntó ni qué tendría que hacer; ni cómo ni cuándo, ni dónde.  Sólo:

“Fiat = hágase”.

Pues vaya grandeza de alma de nuestra Señora.

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