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ARGOS Y ODISEO

Argos y Odiseo

Ítaka

PALABRAS Y DOCUMENTALES

Hace poco volví a ver el documental, “Regreso a Ítaca” (Puedes apretqr y  ver más aqui), por aquello de empezar bien la Cuaresma, de fomentar el deseo de regresar a Dios, de volver a Dios, de convertirnos a Dios.

Y la verdad es que te lo recomiendo, porque a mi me ayudó mucho y seguro a ti te va a gustar. Te va a ayudar también a vivir mejor la Cuaresma. Es muy fácil: te metes en YouTube, por ejemplo, y pones ahí “documental Regreso a Ítaca”.

Te aseguro que en 30 minutos terminas de ver el documental, capaz identificas con alguna de las historias y te repito que a mi me ha ayudado muchísimo.

El título de ese documental, evidentemente, hace referencia a Ítaca, la patria de Odiseo. Narra ese momento la odisea del regreso de nuestro héroe a Ítaca, a su patria, porque habían pasado veinte años desde que salió para luchar en la guerra de Troya, y de esos veinte años, diez los pasó intentando regresar a su hogar.

¡Ya te imaginarás las ansias que tenía de volver!

Pues como decimos, `tres doritos después´, es decir, en el cántico XVII, nos encontramos con uno de los momentos más entrañables de la historia, porque Odiseo finalmente regresa a su palacio. Pero no como un rey victorioso, sino como un mendigo: está disfrazado de mendigo.

Y esto por un plan de Atenea -que no viene ahora al caso-, pero el hecho es que ninguno de sus súbditos era capaz de reconocerlo.

NO LO RECONOCIERON

Pero al pasar, un perro que estaba ahí echado, alzó la cabeza y las orejas. Era Argos, el perro del propio Odiseo. Estaba allí tendido Argos, todo lleno de garrapatas, y al advertir que Odiseo se aproximaba, lo reconoció, comenzó a mover la cola y dejó caer ambas orejas.

Pero recuerda que Argos tiene más de veinte años esperando el regreso de su amo -eso en edad de perro es como el equivalente a más de 150 años en edad humana. Por eso apenas se dio cuenta, falleció. No pudo salir al encuentro de su amo. Y por supuesto, Odiseo, que lo vio, soltó una lágrima.

Pues resulta que Odiseo, que lo dio todo en la guerra, ahora mismo está sufriendo aquello del “… Y los suyos no lo reconocieron” (Jn 1, 11), que recuerda que está también en el prólogo de san Juan. Es más, no sólo no lo reconocieron, sino que se burlaron de él, lo despreciaron.

Y todo esto porque tenía la apariencia de un mendigo.

Y te puede pasar que cuando lees esa historia te indignas por la injusticia. Pero ya sabes que al final se va a hacer justicia: Odiseo regresará a su trono y hará justicia en su tierra.

HEREDEN MI REINO, BENDITOS DE MI PADRE

¿Por qué te cuento todo esto? Porque hoy, Señor, en el Evangelio te vemos en una escena similar, haciendo justicia. Es lo que recoge san Mateo en su Evangelio:

“Cuando venga el Hijo del Hombre en su gloria y todos los ángeles con él, se sentará en el trono de su gloria y serán reunidas ante él todas las naciones. Él separará a unos de otros como un pastor separa las ovejas de las cabras. (…)

Entonces dirá el rey a los de su derecha: “Vengan ustedes, benditos de mi Padre, hereden el reino preparado para ustedes desde la creación del mundo”

(Mt 25, 31-32, 34).

“Señor, ayúdanos a escuchar estas palabras como si fuesen la primera vez. Porque así nos asombraríamos más ante la posibilidad real de llegar al cielo y allí darnos cuenta de que, por tu misericordia, tuvimos muchas oportunidades de hacer el bien y también la posibilidad de comprobar allí, en primera persona, con una inmensa alegría, eso de que Tú eres el mejor pagador que existe”.

CUIDANDO AL PRÓJIMO COMO AL MISMO JESÚS

“Porque tuve hambre y me dieron de comer, tuve sed y me dieron de beber, fui forastero y me hospedaron, estuve desnudo y me vistieron, enfermo y me visitaron en la cárcel y vinieron a verme. Entonces los justos le contestarán: Señor, ¿cuándo te vimos con hambre, con sed, forastero, desnudo o en la cárcel? Y el rey les dirá:

“En verdad les digo que cada vez que lo hicieron con uno de estos, mis hermanos más pequeños, conmigo lo hicieron”

(Mt 25, 35-40).

Yo creo que por eso este Evangelio nos viene buenísimo en este inicio de la Cuaresma. Porque cada año la Iglesia nos habla de penitencia, de mortificación, de sacrificios, de ayuno… Pero todo eso quedaría en la nada si lo viésemos como un fin y no como un medio para alcanzar cosas mejores.

PALABRAS DURAS

Te voy a leer una de las peticiones que escribió san Josemaría en su Viacrucis, que yo creo que nos puede dar una clave para entender el sentido de la expiación que es típica de Cuaresma.

Dice:

“Señor, que yo me decida a arrancar, mediante la penitencia, la triste careta que me he forjado con mis miserias…” (Viacrucis, 6ª estación).

“Sí Señor, porque esa es la carreta que nos impide verte, que nos impide verte con mayor facilidad. Es que nosotros también quisiéramos reconocerte, Señor, en esos hermanos, pero nuestros sentidos están como embotados por las huellas del pecado, de nuestros pecados.

Si la Cuaresma es un tiempo litúrgico de preparación para acompañarte, Señor, en tu pasión en el Calvario, pues ¡qué pena que lleguemos a la Semana Santa sin esa conversión del corazón que me quite esa careta de mis pecados!

Esa que me impide verte al pasar a mi lado, como lamentablemente les pasó a esas personas que fueron testigos de tu suplicio y no te reconocieron, y por eso seguramente no pudieron acompañarte en la cruz. ¡Vaya oportunidad que se perdieron!”

PENITENCIA PARA MORIR AL EGOÍSMO

Tu Iglesia, Señor, en su infinita sabiduría, nos recomienda para este tiempo la penitencia, la limosna, las obras de caridad con el prójimo. Y todo esto, evidentemente, no es para que tengamos la conciencia más tranquila al ver que somos capaces de hacer cosas buenas, desinteresadas, sin subirlas a las redes sociales para que la gente se entere.

Es que con estas prácticas cuaresmales nos decidimos a morir al propio egoísmo. Ese egoísmo que nos hace buscar en todo la retribución inmediata, que nos hace huir a toda costa del sufrimiento que tantas veces es inevitable; el egoísmo que nos lleva a estar constantemente mirándonos el ombligo.

“Señor, es el mismo círculo vicioso de siempre: el egoísmo que me lleva al pecado y el pecado que me hace más egoísta. Y así, por supuesto que es difícil verte, Señor; es difícil reconocerte al pasar junto a nosotros”.

ARGOS, EL PERRO FIEL

Ojalá fuésemos un poco más como Argos, el perro de Odiseo, que estuvo esperando fielmente el reencuentro con su amado rey. Por eso fue uno de los poquísimos que lo reconocieron, oculto bajo esas apariencias de mendigo.

“Por eso, en esta Cuaresma, la penitencia y la caridad nos ayudarán a quitar lo que sobra, lo que nos impide verte, Señor; verte en la cruz, a nuestro lado y también en nuestros hermanos. Señor, que en estos actos de caridad hacia el prójimo te podamos reconocer a ti”.

“En verdad les digo que cada vez que lo hicieron con uno de estos mis hermanos más pequeños, conmigo lo hicieron”

(Mt 25, 40).

Y si revisas la historia de los santos, de los grandes santos de la Iglesia, te darás cuenta de que siempre han luchado para mantener esa visión limpia que les permitió dedicarse a los demás, por amor a Dios.

VERTE EN EL PRÓJIMO

“En los mendigos, en los enfermos, en los pobres, allí pudieron verte, Señor. Y por eso, cuando llegaron al cielo, se encontraron con la gratísima sorpresa de que se encontraron con alguien conocido: se encontraron contigo, y pudieron ver en primera persona, comprobar en primera persona qué significa el saber que Dios es el mejor pagador.

“Qué sorpresa llegar al cielo y escucharte decir: “Vengan ustedes, benditos de mi Padre, hereden el reino preparado para ustedes”. ¡Qué envidia le tenemos estos santos! Para verte decir esto en el Cielo, Señor, tenemos que esforzarnos por verte también aquí en la tierra.

“Y a veces ni siquiera es necesario ir tan lejos porque, Señor, me puedo preguntar ¿cómo me esfuerzo para verte en los que tengo más cerca de mi?”.

En los que me resultan más cargantes o incómodos, en los que no pueden agradecerme los favores que les hago, en los que me dan sólo motivos para negarles mi ayuda…

Es verdad que algunos de estos son efectivamente mendigos, pobres, hambrientos, encarcelados. Los tenemos a nuestro alcance y los podemos ayudar con nuestra generosidad.

PODER RECONOCERTE

Pero también pueden ser personas de mi familia, de mi trabajo, de mi colegio y de mi universidad. Son personas a las que también puedo ayudar.

“Y a veces no tanto porque crea o no que se lo merecen, sino porque en ellas puedo descubrirte, Señor, tras esas apariencias”.

Como en todo este tiempo de Cuaresma, le pedimos a nuestra Madre del Cielo que nos ayude a ser generosos con Dios, con el ayuno y la penitencia, para que eso nos ayude a que muramos al propio egoísmo y podamos reconocer más fácilmente a Jesús, como Argos, el perro vigilante, pudo reconocer inmediatamente a su amo.

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